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El escarabajo sagrado – Por Luis Espinosa García

En aquel especie de patio solo existían rotos y antiguos ladrillos así como mucho polvo, polvo de muchos siglos que llenaba el recinto y que no parecía protestar por el sol inclemente que caía

En aquel especie de patio solo existían rotos y antiguos ladrillos así como mucho polvo, polvo de muchos siglos que llenaba el recinto y que no parecía protestar por el sol inclemente que caía. Junto a un murete moderno, de grises adobes, sin embargo, se levantaba una especie de mojón, formado por tres o cuatro piedras colocadas una sobre la otra y dejando en la parte superior un espacio en el que se encontraba la talla de un escarabajo sagrado. El dios Jepri, el que resucitaba a los muertos, el protector de los males, tanto los de la vida natural como los provenientes de otros mundos, un buen dios, otra cara de Ra, el Sol.
Luis Espinosa García
Al pie de aquellas tres piedras superpuestas había un escarabajo negro que miraba hacia arriba, hacia donde se encontraba la figura de su ancestro, mientras pensaba que sería bonito llegar a la cima y contemplar de cerca aquella figura que pudiera ser la de su tatarabuelo petrificado.

Asimismo, pensaba el coleóptero, podré comprobar mi estado físico aparte de ver si se conservan en mi figura los rasgos de ese noble y antiguo escarabajo sagrado.

Allí, entre restos de antiguos templos que adoraban ignoradas deidades, entre obeliscos caídos y destrozadas figuras de carcomidos leones, emprendió la subida. No era fácil. Solo sujetándose fuertemente a las rugosidades del pedestal podía luchar contra la verticalidad del ascenso.

Con horror vio acercarse un mozalbete con una vara en la mano. El peligro era inminente, pues un chaval con su palo más un escarabajo oscuro subiendo por una pilastra de tonos claros conformaban una ecuación con un resultado evidente.

La suerte le acompañó pues los padres llamaron con urgencia al chicuelo para que admirara la mayestática estatua de algún faraón olvidado. Y la familia al completo desapareció tras una gigantesca columna.

Continuó la escalada. Si los escarabajos sudan, este sudaba en abundancia; el esfuerzo era grande. “Que los dioses me ayuden” suplicó en su arcaico idioma. Sus élitros incluso alcanzaban a tener una tonalidad nacarina en vez del negro de charol que poseían al comenzar la subida.

Recordaba a Ra, al maligno Set, a Osiris e Isis… a la diosa Hator, que se alojaba en el sicomoro, a otros muchos dioses del Alto y Bajo Egipto que salían de su ganglio cerebral en torrente incontenible, cuando paró la retahíla y pensó (si, ¿por qué no ha de pensar un pequeño y feo insecto?) que se dejaba atrás a uno de las principales deidades. Pero por más que forzó sus escasas terminaciones nerviosas no recordó la divinidad qué se había dejado en el tintero.

Reinicio la retahíla de semidioses y héroes, como la de Bubastis, la diosa encarnada en serpiente, o la otra, Neit, la de escudo con flechas cruzadas, o Nefertem, el que se escondía en las flores de loto… Calló… ¿De quién me olvido? Tampoco es Apis el buey, ni Chnum, el macho cabrío, ni Sucos el cocodrilo…

Ya casi alcanzaba la plataforma superior. Gracias Thot, el más culto, el de cabeza de Ibis y la pluma en la mano; gracias Atón; gracias Anubis, el de cabeza de chacal, el dios de los muertos; gracias… Pero ¿por qué no me ayuda la memoria a encontrar el gran nombre que me falta?

Ya estaba arriba. Gracias Ptah, gracias… y entonces le vino a la mente el nombre del eminente dios que había olvidado. Claro, exclamo, Horus el…

El halcón en vuelo rasante se tragó de un bocado al escarabajo.

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