De esta crisis de hantavirus se han extraído enseñanzas, en una impecable evacuación inédita, tras un brote con tres muertos declarado a bordo de un barco que ayer abandonó Tenerife. Y el nombre de Canarias quedará siempre unido a este hito.
La frívola memoria recordará el episodio de los ratones nadadores en la discusión que hubo entre el presidente Clavijo y la ministra de Sanidad, Mónica García. Un incidente desafortunado puede ser una lección de vida, incluso una lección política de vida. Y no tiene por qué prevalecer inmutable el recuerdo de este desacuerdo. Tanto el presidente como la ministra harían bien reconduciendo su desencuentro. Lo agradecerá la imagen de las Islas, tan asociadas siempre a la solidaridad, con tal de que el percance del barco no tire ese prestigio por la borda.
La broma de las redes sociales por la consulta del presidente a la inteligencia artificial ha traído una sonrisa al drama, como si de un mecanismo de defensa se tratara en medio de una tensión, pero es inútil desconocer el posible impacto negativo de este precedente en toda una vocación nuestra de empatía social. Ha sido una experiencia pionera formidable en lo que más tememos desde 2020, la amenaza de otra pandemia, un logro que coloca a España y a Canarias en la vanguardia, dentro del mecanismo europeo de protección civil. Más de 400 periodistas nacionales y extranjeros han sido testigos de ello. No nos borremos del éxito, porque ha sido una causa común con resultado óptimo.
El barco zarpó ayer hacia Róterdam tras un breve atraque, fuera de guion, por razones meteorológicas. Al integrar en los vuelos a Países Bajos a los pasajeros de Australia se abundaba en una idea inicial de Canarias para agilizar los traslados, lo cual es una buena señal. En estas labores, hubo una pérdida humana, la del guardia civil Bernardino Alberto Rodríguez Hernández, Berto, que sufrió un infarto en acto de servicio, una muerte que a todos convoca.
La anécdota de la IA se coló casi en la madrugada del sábado al domingo, poco antes de la llegada del MV Hondius y de la disconformidad de Clavijo con el fondeo. Me recordó a la polémica con el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, cuando reveló que consultaba los asuntos de gobierno con el oráculo del ChatGPT y no se lo perdonaron. Clavijo le preguntó si los ratones nadaban, y la respuesta afirmativa desató el conflicto de todos conocido entre Canarias y Madrid, el no al barco por temor a que hubiera a bordo roedores con el virus de la Patagonia que pudieran llegar a tierra a nado. La absoluta invulnerabilidad era un requisito erróneo. Rectificar es de sabios.
Luego están las impresiones que hemos defraudado. La fama humanitaria de las Islas queda tocada. Venimos de un fin de semana bajo los focos, a la espera del papa, que será otro tanto. León XIV nos conoce bien de su etapa de prior general de los agustinos (vino dos veces al Puerto de la Cruz), y el domingo parecía alegrarse de que hubiéramos vuelto a dar buen ejemplo, y nos envió un cariñoso mensaje desde la Plaza de San Pedro, con las ventanas blancas de lamas horizontales abiertas de par en par: “Quiero agradecer la acogida que caracteriza al pueblo de las Islas Canarias por permitir la llegada del crucero Hondius”.
¿Quién le quita ahora la ilusión de que fuimos solidarios con el barco, quién le explica que fue mérito, en realidad, de la Moncloa y la OMS?
Porque me resisto a aceptar que hayamos renunciado a los valores de la “solidaridad y compasión”, con los que nos rendía homenaje Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, el organismo de Naciones Unidas responsable de la salud pública en el mundo, en una carta excepcional a los tinerfeños. El biólogo afable, el etíope de la gorra que se personó en el puerto de Granadilla, con aspecto bonachón y entrañable, nos decía aquello tan tierno: “Sé que están preocupados… Pero necesito que me escuchen con claridad: esto no es otro COVID-19”. Y nos explicaba en la misiva que Tenerife había sido elegida por la OMS, en virtud del Reglamento Sanitario Internacional, “jurídicamente vinculante”, porque era el puerto más cercano “con capacidad médica suficiente”. Es que somos la frontera sur de la UE, no Cabo Verde. Y además somos una potencia sanitaria en esta materia en el primer mundo.
Islas somos, un caravasar en el Atlántico, y vendrá otro patógeno, y pasará otro barco y nos pedirá ayuda. No habrá riesgo cero. En la Candelaria tenemos esa unidad de aislamiento de alto nivel para enfermedades infecciosas. Y a comienzos de siglo, dos extraordinarios científicos, Basilio Valladares y Manuel Elkin Patarroyo, alumbraron en La Laguna el Instituto Universitario de Enfermedades Tropicales, que hoy goza de prestigio internacional.
Estamos en el tránsito de las zoonosis emergentes. Un barco pasó por aquí con una patología contagiosa y un cadáver a bordo. No podíamos mirar para otra parte.

