En la sierra de Gredos, cercano a Laguna Grande y bajo la atenta y vigilante mirada del Pico Almanzor, se construyó a principios del siglo XX el llamado Instituto Sismológico de Castilla la Vieja. Aún las Castillas tenían ese sobrenombre, Vieja y Nueva.
La construcción estaba constituida por dos cúpulas, una mayor que la otra. La más grande es donde se encontraban los aparatos, sismógrafos y demás útiles para captar los suspiros de la Tierra. En la otra, más pequeña, contenía las habitaciones, una pequeña cocina, cuarto de baño y armarios y roperos para guardar ropas y otros enseres. Hay que tener en cuenta que los inviernos eran duros en aquella parte de la Península Ibérica y, con mucha frecuencia, quedaban aislados del mundo exterior por fuertes nevadas. Los dos edificios estaban unidos por un túnel subterráneo que permitía el paso entre ambos sin tener que salir al exterior.
A mitad del siglo, poco antes de que los españoles se enzarzaran a darse mandobles los unos a los otros, una expedición nórdica, de Suecia o Noruega, no recuerdo exactamente de dónde eran, llegó un verano hasta allá arriba para intercambiar conocimientos con los hispanos.
Ya cerca del Instituto, los suecos (o noruegos, vaya usted a saber) comenzaron a sacar fotos del lugar. Cuando más entretenidos estaban en la labor (piensen que obtener fotos en aquellos tiempos no era tan fácil como ahora, con las cámaras a las que sólo hace falta apretar el botón necesario para obtener imágenes dignas de un premio Pulitzer) tuvo lugar un ligero terremoto, poca cosa, tal vez no llegaba al número 2 de la escala de Richter, pero se notó. Y tuvo una o dos réplicas.
Tras los saludos de rigor, los comentarios e inicio de los parlamentos técnicos entre ambas partes, se decidieron a revelar las fotos, por saber si el sismo había alterado su presumible belleza.
Y cuál no sería su sorpresa al examinarlas y ver que, durante los segundos, tal vez un par de minutos, que duró el movimiento sísmico, en las fotos no aparecía la menor de las cúpulas, como si la hubiesen borrado de un brochazo.
Estaban, sí, las dos antes y después del terremoto, pero no en ese intervalo.
Se achacó el defecto a las cámaras fotográficas, pero unos años después unos senderistas o montañeros, lo mismo da, tuvieron la misma experiencia. En el momento en que la Tierra se movía, el menor de los domos desaparecía.
Comenzaron los comentarios, especialmente en la prensa sensacionalista e incluso llegaron a acercarse al lugar supuestos magos, zahoríes y otros de su misma envergadura. Nunca se resolvió el misterio.
El Instituto fue decayendo en su labor hasta que, a fines de siglo, una gran avalancha sepultó la pequeña cúpula. La mayor, deteriorada, también termino por desaparecer entre las rocas, los aludes y la nieve.
Hay quien dice que, cuando se mueve un poco la tierra por efecto de un terremoto, se puede fotografiar un gran óvalo blanco que surge del fondo.
