“Pero si es hermana de aquel señor tan amable que nos llevó aquella vez en coche hasta el Hospital en aquella ocasión en que el coche se averió, ¿Te acuerdas?”
D. José pareció rebuscar en su memoria la cara y figura de aquel señor tan amable que les había llevado al Hospital. “Pero si de eso hace por lo menos media docena de años”.
“Es que ya he hablado con ella , hace poco, y le he dicho que si”, respondió Doña Adela, y añadió “Y de eso que fue hace seis años ni hablar. Fue cuando la cuñada de D. Juan se marchó de viaje y tuve que ir al juzgado a recabar los informes del accidente de la casa…”
“Para” rogó D. José, “iremos a la comida”. Qué objeto tendría continuar con la discusión si a, final igual claudicaría de forma semejante. No quería que llegase el momento en que su esposa indicaría, incluso, el color de la rebeca (“rosa pálido, un verdadero adefesio”) que llevaba su amiga, momento, señalaba triunfante, lo cual demostraba que el hecho había ocurrido exactamente dos años y tres meses atrás.
Condujo entre curvas cerradas y rotondas aún más cerradas, hasta la urbanización donde vivía la hermana de aquel señor tan amable. Y allí estaba. En bata de levantar a pesar de ser más de la una, pero estaba. No había solución sino apencar con las turbulencias que se presentarían a continuación. Una vez dentro de la casa fueron llevados a una habitación, salón de estar, cuarto de la televisión, decorado de Hollywood incluido, donde tendría lugar el ágape. Menos mal que los efluvios que brotaban de la cercana cocina eran la mar de apetitosos. Del mal el menos, pensó D. José.
Luego llegó el momento de las presentaciones; primero la esposa de aquel señor tan amable, después la cuñada del señor, etc. El propio señor amable completaba el grupo, pues el dueño de la casa, aquejado bruscamente de cruel infección vírica, estaba en cama. En la atestada habitación cargada de cachivaches, hubo unos momentos de duda hasta que se fueron sentando en una amplia mesa cargada de viandas para el picoteo, donde sobraban puestos o faltaban comensales. La luz no parecía ser suficiente para discernir que contenía cada bandejita, cada platito o cada fuente de las que aparecían allí, al tiempo que se confundían con platos de todos los tamaños y alturas, los cubiertos, vasos, copas, servilletas, paneras y otros utensilios que provocaban que en la mesa hubiese poco espacio para el aterrizaje de una mosca, de haber habido alguno de estos insectos por los alrededores.
D. José acaba de capturar un trozo de pan tostado para untarlo con un paté de aspecto sobrio, cuando sufre un sobresalto al oír entrar ladrando con furia a un perrito de rizado pelo blanco y, tras él, una señora, un caballero que resultó ser su esposo, la hija de ambos y la nieta de los mismos, una chiquitina de meses que, afortunadamente, no parecía estar preocupada por el jaleo que se armó tras la entrada del grupillo. D. José soltó el pan que cayó, casualmente, con el lado del paté sobre el mantel.
Más presentaciones, más exclamaciones por la “preciosidad de la pequeñina, chiquirritina tan guapísima”. Menos mal que la aludida, demostrando una capacidad mental impropia de su corta edad, permaneció seria chupeteando, lógicamente, un chupete., sin alterar para nada su fisonomía. “Menudas son ellas”, pensó nuestro protagonista.
Volvieron a atender a los manjares que cubrían el mantel. No estaba de suerte D. José pues, cuando se llevaba a la boca la dichosa tostada con el sobrio paté, se oyó el golpe seco de una puerta al cerrarse y apareció, junto a los futuros comensales, un especie de espectro mal afeitado y de pelo revuelto que le provocó una súbita parada cardiaca hasta que reconoció en él al dueño de la casa. Para más preocupación de D. José, se sentó frente a él y se le quedó mirando fijamente. Nuestro amigo Pepe recogió con mano temblorosa la tostada, ahora rota tras el espasmo de sus dedos al creer ver a un fantasma y se la llevó a la boca sin poder quitar sus ojos de los del anfitrión que parecían intentar hipnotizarle.
Vuelta a comenzar. Una tostada nueva, un poco del rico ,suponía, pate, el untado subsiguiente y, aleluya, por fin se la comió. El perrito se fue. La niña callaba y las conversaciones se podían ahora realizar sin forzar la voz. ¿Habría más sorpresas, más invitados extraños o se podría llevar a cabo un almuerzo normal? De pronto, el alma en pena que tenía delante pareció revivir. Se levantó de la silla, dirigió la mirada a la única ventana de la cual se podía ver el jardincillo de la terraza y exclamó. “Ha dejado de llover”. Giró su cuerpo, se abrió paso como pudo ante la maraña de muebles, personas y animales, abrió la puerta de su habitación y la cerró tras él sin volver a abrir la boca. Silencio.
Entonces, ya era hora pensó D. José, llenaron las copas de vino y los platos con sopas, carnes variadas y postres. Los comestibles cubrieron la mesa. Todo marchaba a las mil maravillas cuando el amable caballero que les llevó en coche derramó una copa cuyo contenido atravesó velozmente la mesa y cayó sobre el pantalón de D. José. Éste intento esquivar el rojo líquido y su codo izquierdo chocó con el plato de carne de conejo que intentaba trinchar el abuelo de la niña, por lo cual todo terminó en el suelo. Reapareció el perro que se lanzó sobre los restos, la niña asustada por el escorrozo, inició un agudo alarido cual alarma de incendios y la opresiva situación de tantos personajes en una más que recargada habitación llegó a hacer suponer a Doña Adela, algo hipocondriaca ella, que morirían todos, aplastados, asfixiados o engullidos en un torbellinos en el que giraban perros, soperas, sillones, personas y hasta un televisor que pasaba por allí.
Finalmente todo se aquietó. Por enésima vez intentaron disfrutar de la comida aunque ya el ambiente no parecía el mismo. Llegó un hijo de los dueños de la casa con su esposa e hijo, también un bebé. El perro ladraba, las señoras hablaban entre sí con tonos agudos; el amable señor que les llevó en coche al Hospital empezó a contar una anécdota de su juventud en Inglaterra a la que nadie hizo caso; de la cercana cocina llegó un olor a quemado lo que hizo gritar a una de las damas y tres de ellas corrieron a intentar evitar el incendio si bien, dado el escaso tamaño de la habitación y el volumen que las tres almacenaban entre sí, lo hizo complicado.
El grisáceo cielo se tornaba negro. La gente inició la ceremonia de la despedida. Los besos, abrazos, saludos y más besos y abrazos recorrieron el corto pasillo que les llevaba a la calle pero que a D. José le pareció una eternidad. Como una gran vasija llena de agua que se vacía por un estrecho conducto final, la gente se arremolinó en el estrecho pasillo que daba a la puerta de la calle. Y, como siempre, volvieron a sucederse las despedidas, los besos y abrazos, las recomendaciones, de nuevo el amable señor que les llevó al Hospital intentó ter minar su rota anécdota de sus tiempos juveniles, si bien inútilmente, pues continuaron sin hacerle caso. Por fin el embudo se liberó de su contenido y alcanzó el asfalto, la gente fue saliendo a la calle… Como las ondas lentas del líquido que se arremolinan suavemente hasta que se precipitan brusca y ruidosamente por el orificio con un gorgoteo terminal hasta hacerse el silencio.
La casa respiró.
