25 años de cura

Hace unos días, el pasado martes 7 de junio, un gran amigo Juan Pedro Rivero González cumplía sus primeros 25 años como sacerdote

Hace unos días, el pasado martes 7 de junio, un gran amigo Juan Pedro Rivero González cumplía sus primeros 25 años como sacerdote. O como un común amigo, me recordaba a través de un mensaje de Whatsapp, “Juan Pedro hace ahora 25 años de cura”. Sí, y si Juan Pedro me lo permite, lo voy a utilizar como referencia para comentar lo que es ser sacerdote y la importante labor que cumplen hoy esos consagrados a Dios.

Ser Sacerdote, como me dijo una vez otro buen hombre llamado a Dios el padre Paco Arteaga, un gomero enamorado de Cristo, de su Cristo de Hierro en la Cruz del Señor: “Ser sacerdote, marido, padre, hombre, mujer, sencillamente, ser persona, todo eso es lo mismo, porque siempre que se hace desde Dios y lo que desde Él se hace, no puede ser para el mal, sino para el bien”. Lo que el bueno de Paco me quiso decir, y sobre lo que muchas veces conversamos en aquellas tardes de encuentro es lo que la Iglesia realmente proclama, y así lo he reencontrado ahora en unos de esos magníficos apuntes que nos ofreció el buen amigo y diácono, Celso González en la DECA: “Los Sacerdotes o presbíteros son aquellos fieles que, por la ordenación sacerdotal, participan sacramentalmente del Sacerdocio de Cristo, siendo constituidos cooperadores de los obispos para predicar el Evangelio, administrar los sacramentos y llevar a Dios a los fieles que se les encomiendan”. Pero también nos recordaba Celso lo siguiente: “La Iglesia Católica es también el Cuerpo Místico de Cristo, porque, como en un cuerpo humano, Cristo es la Cabeza, los bautizados somos los miembros de este cuerpo y el Espíritu Santo es el alma que nos une con su gracia y nos santifica. Por esto la Iglesia es también Templo del Espíritu Santo”. Siguiendo estas notas, todos somos Espíritu Santo, todos los signados en Cristo, todos los bautizados. Ahora les invito a un interrogante, y primero me lo planteo yo mismo, lógicamente: ¿Por qué nos empeñamos en hacer recaer en los sacerdotes todo aquello que se supone es labor del Pueblo de Dios, que somos todos? Este interrogante, lo he encontrado en unas anotaciones de unas charlas diocesanas, a las que acudí hace ahora 35 años, y sigo sin lograr la respuesta. Quizás la sé, pero me parece ofensiva, “somos unos egoístas”. Es fácil decir, “no, eso es cosas de los curas”, y con esa facilidad pasamos la pelota de muchos problemas, al que acogió el Sacramento del Sacerdocio. Como don Damián solía decir, “ser cristianos de supermercado, pongo en mi cesta lo que quiero”.

Ahora, con la celebración de los 25 años de Juan Pedro Rivero, recuerdo el día en que otro buen amigo, Domingo Navarro Mederos, acogía el Sacerdocio. Lo recuerdo perfectamente, fue en la Cruz del Señor. No sé si él se acordará, pero me acerqué y le dije una cosa: “eres un valiente”. Sí, hay que ser valiente para entregarte a Cristo, porque te entregas a hacer todo lo que Él ha interpelado a sus sacerdotes que hagan, es decir, entregar su vida a los demás, a todos, porque Cristo es uno y cada uno de nosotros. Así, un sacerdote no se debe a un vecino, sino a todos los vecinos, y a todos los que están más allá de su barrio, ciudad, pueblo o nación. Por eso, califico como valientes a todos los que son sacerdotes, con todas sus consecuencias.

El martes pasado, el día 7, fue un día para celebrar los 25 años de sacerdocio de un amigo, de Juan Pedro Rivero, del Rector de nuestro Seminario, pero yo en esa celebración quiero meter a todos aquellos sacerdotes que son hombres entregados al Pueblo de Dios, desde ellos mismos, y desde el propio Espíritu Santo que nos señala a todos.

Hablar hoy de sacerdocio, y de entrega a Cristo, y a los demás, puede también crear más de una risa, de un sarcasmo, y de no saber respetar lo que otros hacen y desean, llámese amor a Cristo, o al prójimo; da igual, pero igualmente la vida, a mí como a tantos otros, nos ha enseñado y enseña cada mañana que merece la pena caminar y dejarnos guiar por la palabra amor.

Muchos como yo, hemos decidido hacerlo en el compartir nuestra vida desde el Matrimonio, con una persona con la que juntos, el uno desde el otro, crecemos todos los días. En mi caso, mi elección y la de mi mujer hacia mí, ha sido preciosa, con sus problemas y sus maravillas. Yo me honro de ello, de ser esposo, y creo que también es una preciosa decisión. Vuelvo al bueno del padre Paco Arteaga: “todos somos Iglesia, cada uno a nuestra manera, y lo más importante es construir nuestra familia desde ella”. Probablemente, en mi vida me equivoque muchas veces, pero sé que mirando a Cristo, como también lo hace un sacerdote, como lo hace cualquier cristiano, reconduzco el rumbo y enfilo hacia el horizonte de la vida, que tanto nos da. Se puede conducir la vida desde el sacerdocio, desde el matrimonio o desde la soltería, pero haciéndolo para el bien de los demás. Gracias a esos sacerdotes, por su valentía y entrega en el camino hacia el Dios Padre.

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