Da pena la muerte, a tiros y a puñaladas, de Jo Cox, la diputada laborista británica partidaria de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. La mató otro solitario, Tommy Mair, porque sí. Una vida y una familia rotas y un pueblo que está pensando si las cosas no han llegado ya demasiado lejos. La intolerancia no conoce fronteras. Un pueblo culto como el británico destroza poblaciones de Francia, por el fútbol, y luego va un bergante de estos y mata a una mujer pacífica, caritativa, que vivía con su familia en una barcaza en el Támesis. No, hombre, todo esto se está desbordando. El terror se ha salido del mapa y ya nada se razona, ni tampoco se propicia el juego limpio. Gran Bretaña pagará cara su aventura del Brexit.
Si triunfa será un pueblo arruinado. Si no triunfan los intentos de salir de Europa, quedará atrás una población dividida y escenarios y actitudes como los que acabaron con una vida joven: no había cumplido 42 años. No sé por qué ese empeño de los británicos de nadar contra corriente: conducen por la izquierda, no han querido entrar en el euro, tampoco adscribirse a Shengen. ¿Qué les pasa? Y ahora va un bárbaro, un lobo solitario, y mata a una diputada laborista, pateándola cuando se desangraba en el suelo. ¿Qué hay que hacer con un perturbado como éste? La verdad, es para estar triste. La noticia tiene un gran impacto emocional, por ser ella quien era, por los momentos en que se produjo el asesinato y por lo que le está pasando al pueblo británico. Cuidado, no se puede estar permanentemente jugado con fuego. Es la maldita intolerancia.
