
El triunfo electoral del PP sin paliativos obliga a Mariano Rajoy a tomar la iniciativa y le impide esta vez declinar el eventual encargo del rey para afrontar la investidura. Es el primer respiro que da Europa en 72 horas tras el Brexit, al ver cómo uno de los partidos tradicionales del mapa político conservador supera el órdago al establishment que, tras el referéndum británico, amenaza al resto de la UE.
El nuevo Parlamento abre nuevas opciones aritméticamente plausibles, que permiten al PP un margen de maniobra que no tenía hace seis meses. Un solo voto puede ser significativo en estas circunstancias, como en el caso del escaño de CC, que sumado a los cinco diputados del PNV (ambas fuerzas han tenido en otro tiempo relaciones de proximidad) otorgaría al dueto PP-C’s un monto de 175 votos para la investidura, con los que, a falta de solo uno para la mayoría absoluta, es plenamente viable gobernar. Cierto que con menos efectivos también es factible hacerlo. En el caso de los nacionalistas vascos, solo entorpece la lógica el hecho de que antes de fin de año han de afrontar elecciones autonómicas. La despensa del PP está, en cualquier caso, más surtida en esta oportunidad.
Si a pesar del evidente repunte del partido ganador, que pasó de 123 escaños a 137, sus aliados potenciales cuestionaran la figura del candidato popular -como hiciera Albert Rivera en el debate a cuatro de la campaña- para respaldar ese gobierno, podría darse una situación inédita, que complicara el desenlace previsible. No parece fácil que un candidato acepte renunciar con este bagaje. Pero la política española es tozuda en ponerse palos en las ruedas, y esa es una circunstancia que no hay que descartar. Con la felicitación de Rivera anoche a Rajoy hecha pública por el primero parece que ese veto podría pasar al olvido junto a la descalificación de Sánchez sobre la decencia del mismo candidato que se produjera en otro debate televisivo seis meses atrás.
Los tres líderes están llamados a entenderse, bajo fórmulas diversas de acuerdo, con tal de desterrar la hipótesis de un nuevo bloqueo y unas terceras elecciones en el horizonte. Si algo ha traído este 26J es un haz de luz sobre las tinieblas de aquel Armagedón del 20D. La inestabilidad que vive Europa desde el pasado día 23, tras el referéndum británico, impone esta vez, respecto a la cita de diciembre, un mayor esfuerzo de reflejos y agilidad en los trámites de la negociación política. Menos burocracia y trasiego y más efectividad, que desemboque en la formación del nuevo gobierno y restablezca la normalidad política en España cuanto antes, y, como novedad, emita al resto de Europa una buena señal de país y de madurez política.
No hubo sorpasso y sí mucha sorpresa en la izquierda a medida que el recuento de votos desmentía los sondeos preelectorales y sepultaba especialmente las famosas israelitas a pie de urna. Pablo Iglesias perdió en su pulso con Pedro Sánchez, y este, que bate el récord del peor resultado de su partido, renace de sus cenizas y es probable que dispute con opciones la reelección al frente del partido.
En Canarias, con ligeras variaciones en el reparto de escaños, se consolida también la primacía del PP. En ausencia del dimitido José Manuel Soria, quien dirigiera este partido en los últimos veinte años, los populares logran mejorar su implantación en el Congreso y el Senado. El PP consigue media docena de diputados (uno más) en detrimento del PSOE (3), a falta de un histórico socialista como Francisco Hernández Spínola, que iba de dos por la provincia tinerfeña y no logró escaño. En las filas nacionalistas tienen motivos para celebrar la continuidad de Ana Oramas, pese a la pérdida de votos. Su presencia puede ayudar a desatascar el atolladero de la política española en esta resaca de elecciones. Coalición Canaria (CC) salva el escaño en el Congreso y se somete a una obligada terapia de grupo, en vísperas de su próxima cita congresual, para detectar los problemas de fondo que amenazan gravemente su propia supervivencia, como anunciara esta vez el CIS, al estremecer el aparato del partido con el pronóstico de que Oramas no saldría elegida. El S.O.S. que ha supuesto esta convocatoria electoral para CC, imprescindible en la defensa de los intereses canarios en la esfera nacional, no debe esconderse una vez saltada la valla, bajo ninguna complacencia. La deriva de este partido fundamental para entender la cohesión autonómica de las islas y las relaciones con el Estado, invita a un cambio de rumbo, que algunos de sus tripulantes de más peso ya inspiran a bordo frente a la resistencia de los sectores más inmovilistas.
España necesita un gobierno ya. Con 137 escaños, Mariano Rajoy esta vez carece de excusas para hacer oídos sordos ante las dificultades de cualquier pacto, si, como es previsible, el rey le encomienda afrontar la investidura. Su deber es intentarlo, agotar todas las vías de diálogo y negociación, y presentarse ante la Cámara Baja con un proyecto de Gobierno que salga adelante por mayoría absoluta o simple. Cuenta con más piezas que antes para rellenar el puzle.
La foto de este 26J favorece estética y numéricamente la imagen del PP y de Rajoy, pese a una cascada de escándalos de corrupción que no parecen sorpresivamente haber hecho mella en el principal partido del país. Con ello, Rajoy, cuestionado por los socios potenciales tras el 20D, está en condiciones de salvar la cara y liderar el próximo gobierno. Ha de contar con aliados, incluso con aquel al cual el PP ha deteriorado más en esta campaña, Ciudadanos (C’s), el partido claramente perdedor de esta segunda vuelta. Juntos suman 169 escaños, el bloque que más se acerca a la mayoría absoluta (176). Y ambos tienen a tiro, como se indicó, la posible confluencia de los nacionalistas vascos y canarios. De ser así, las islas conseguirían meter en la agenda nacional las demandas prioritarias sobre financiación autonómica, régimen especial y convenios de infraestructuras, que reactiven nuestra economía. Es una oportunidad afortunada que desliza el resultado electoral.
El juez más influyente del día después pasa a ser el PSOE, que regresa de una auténtica batalla campal con su adversario más directo, Unidos Podemos. Pedro Sánchez es un caso inédito en la política española. Matemáticamente, es el líder con peores resultados de la historia de su partido, pero, unas veces porque el destino le ha puesto al alcance la Moncloa en una suerte de carambola y otras -como ahora- porque vencía a un enemigo directo (Unidos Podemos), la derrota siempre le ha tratado con amabilidad. Anoche dejó por el camino cinco diputados más respecto a diciembre, y es posible que le pase factura a medio plazo en el pulso con una devaluada Susana Díaz (tras ceder ante el PP en Andalucía), por la secretaría general. Pero este escrutinio le hace perder ganando. Gana a Unidos Podemos la hegemonía de la izquierda, que no es poco, y pierde escaños y se aleja del PP, que en absoluto es irrelevante. No dimite, con razón, pese al nuevo revés electoral que ahonda el suelo del PSOE, ya que aguantó el pulso a Pablo Iglesias, pero no tiene tiempo para hacer planes de futuro. Ahora debe decidir -en realidad, su comité federal- si apoya o no a Rajoy, y de qué manera, y si se siente con ánimos de explorar un gobierno de cambio con Unidos Podemos y todo el abanico soberanista, una aventura que tropieza con más escollos que tras el 20D, cuando su partido se lo prohibió. Ahora es Europa la que le invita a que no se le pase por la cabeza tras el maltrago del Brexit y el temor que invade a los dirigentes en la UE al efecto contagio de las consultas secesionistas.
Rajoy tiene todo el viento a favor para gestionar la salida a la crisis política de los últimos seis meses. Es el ganador de las elecciones y ha de ser generoso en la gestión de un acuerdo de gobierno factible, rápido y equilibrado. Si en la voluntad de alguna de las fuerzas estuviera abstenerse, bienvenido sea cuanto antes, en favor de una alternativa que supere la investidura antes de que el reloj sufra retrasos inconvenientes que hagan encallar las negociaciones. Esta vez ha de actuarse con la agilidad que exigen las circunstancias. Bruselas mira a España para que dé ejemplo de estabilidad en horas bajas de moral baja y baja estatura política de los líderes europeos.
El PSOE encara este desafío con evidentes riesgos. Si se entrega en brazos del PP y abandona la oposición, regala a Unidos Podemos aquello que le disputaba y no se dejó arrebatar: el liderazgo de la oposición, precisamente, y, en su caso, la alternativa de gobierno. Es probable, por tanto, que medite mantenerse en una oposición vigilante tras abstenerse en la investidura del candidato del PP. Nada está escrito sobre el desgaste del poder, y Andreotti decía que el poder desgasta, pero la oposición mucho más. Significa ello que un gobierno fuerte de los dos grandes políticos que han timoneado más de tres décadas de la historia reciente de este país estaría llamado a grandes objetivos en el tiempo presente. Pero, como queda dicho, el abanico de opciones, por suerte, es más amplio en esta ocasión.
La deriva del proceso independentista en la Comunidad Catalana y la grave división social del plebiscito británico invitan a aplazar el debate del referéndum en el nuevo escenario político catalán, español y europeo, ante razones de Estado de gran envergadura como la formación de un Gobierno. Es posible que, sin darnos cuenta, el Brexit condicione los mecanismos de decisión soberanista en el futuro, en aras de pronunciamientos consistentes que eviten la dictadura de un voto rabioso e irreflexivo. Este es otro debate, pero todo es líquido en la nueva sociedad, como acuñó Bauman.
Los temores a Grecia quedaron enterrados con la normalización de las políticas europeas concertadas con el gobierno de Tsipras. Del mismo modo, la estabilidad de gobiernos sólidos como el alemán (democristianos y socialdemócratas) en la nebulosa de una Europa expuesta al auge de la extrema derecha, anima a los partidos con más experiencia a intramuros, conservadores y progresistas, a superar juntos esta fase de confusión española y comunitaria. Pero cualquiera de las salidas que ofrece este resultado electoral no solo es válida y legítima, sino, por encima de todo, democrática.
