No sé cuántos supervivientes quedaremos de aquel vuelo en un Vickers Viscount cuatrimotor, en la ruta Belfast-Edimburgo, en medio de una tormenta. Eran los ochenta. Las azafatas lloraban, pensando que nos íbamos a estrellar. Los equipajes de mano rodaban por el suelo, porque me parece que aquel avión, como muchos de su época, no tenía los compartimentos situados encima de los sillones, cerrados, sino abiertos. Se desbordaron los retretes, con un resultado espeluznante. El avión daba bandazos, la gente rezaba y los pilotos, por megafonía, recomendaban calma. Yo estaba allí como periodista, integrando una expedición tinerfeña al Reino Unido e Irlanda del Norte. Nuestro hotel estaba resguardado por sacos de arena, por miedo a los atentados del IRA. Y, luego, la tormenta. El pasajero que viajaba a mi lado simpatizaba con el IRA y, entre español e inglés -él chapurreaba el castellano, yo el inglés-, me dio una conferencia sobre el ideario de la banda terrorista. Pensábamos que íbamos a morir. Las cuatro hélices del avión traspasaban a duras penas la espesa cortina de agua; había un fondo de cielo negro. Luego de los vaivenes llegó una extraña calma que nos hizo dudar si aquello era el paraíso. En medio de una placidez incomprensible tomamos tierra en Edimburgo y aquí los recuerdos me los hurta la felicidad de sentirme vivo, ya con aquel temporal superado. Nos recibieron banderas tinerfeñas en el aeropuerto; pobre de mí, eran enseñas escocesas, que son iguales que las nuestras. Y no nos daban la bienvenida, sino que formaban parte del paisaje del terminal. No éramos héroes, sino supervivientes.
La tormenta
No sé cuántos supervivientes quedaremos de aquel vuelo en un Vickers Viscount cuatrimotor, en la ruta Belfast-Edimburgo, en medio de una tormenta.
