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Luna de San Juan

La víspera, carne de fiesta en El Sauzal; arriba, una luna doble; abajo, el olor de las hogueras. El cielo gris, medio azul; luces de fiesta en el pueblo, un buen vino en El Terraje. Ya ustedes estarán votando cuando me lean, yo no

La víspera, carne de fiesta en El Sauzal; arriba, una luna doble; abajo, el olor de las hogueras. El cielo gris, medio azul; luces de fiesta en el pueblo, un buen vino en El Terraje. Ya ustedes estarán votando cuando me lean, yo no. Escribo en la noche de Santa Cruz, con el insomnio presente. Hace meses que no duermo bien, desde que se fue la persona que más quería. No tengo derecho a trasladarles el dolor, que es sólo mío. Además, detesto la crónica intimista que no interesa sino al que la escribe. Desde la terraza se prolonga hacia el mar una luz dorada que ilumina la calle de los Sueños; yo no sueño porque no duermo, o quizá sueñe despierto y no me entere. Se me han secado los ojos en estos meses. La ciudad se dispone a votar, yo no; no contribuiré con mi voto a otro Gobierno de retrasados mentales. Escribo más despacio que nunca, son las cinco menos cuarto de la mañana. No me acostaré; a las ocho menos cuarto entro en la radio. A las 9.30, en La Laguna, ya apagada la luna de San Juan. Los jóvenes habrán dejado de saltar sobre las hogueras, pero el olor persiste en el ambiente, como si se hubiese quemado un bosque. No se escucha todavía el zumbido de los reactores que entran y salen de Los Rodeos, pero es cuestión de poco tiempo. La primera llamada de la mañana será de Mapfre, para recordarme que tengo que pagar un seguro; la segunda de Vodafone, para advertirme que debo abonar el importe del teléfono. Hace tiempo que nadie telefonea para darme una alegría. Jugaré al 22434, la matrícula del coche de mi padre. Me ducho, me voy. Fin.

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