domingo cristiano

El Papa y la puta

Circulan por algunas parroquias de Madrid unos panfletos que presuntamente buscan ayudar a los fieles a que interpreten correctamente el contenido de Amoris Laetitia, la exhortación del Papa Francisco sobre el amor y la familia

Circulan por algunas parroquias de Madrid unos panfletos que presuntamente buscan ayudar a los fieles a que interpreten correctamente el contenido de Amoris Laetitia, la exhortación del Papa Francisco sobre el amor y la familia. Los autores del folletín recopilan textos de otros papas y otras épocas referidos a cómo ha de actuar la Iglesia ante los separados y vueltos a casar. Sobre todo, a la hora de permitirles comulgar o no.

Primero se me ocurrieron un montón de adjetivos feos para tamaña ruindad, de esos que enganchan a mis lectores más cañeros. Pero me he dejado vencer por el más apropiado: triste. Es muy triste que hombres y mujeres que se llaman “de Iglesia”, que incluso la representan, ocupen sus horas en intentar cerrar una puerta a la esperanza.

Porque, al final, el mencionado folleto no persigue otro fin que matizar las palabras de Francisco, que quitarles Evangelio. Su objetivo es sembrar dudas sobre esa ola de gratuidad y misericordia que preside el rumbo de la Iglesia de Dios. Un camino preparado por titanes, Juan Pablo II y Benedicto XVI, por hablar de los más recientes, y que ahora busca desbordarse imitando la bondad de Dios. Como el Nilo, que cada año anegaba las tierras de Egipto y dejaba tras de sí un poso de vida que preñaba la tierra de frutos.

Pues no. Ahora aparecen éstos que, renunciando al debate fraterno, intentan alcanzar por detrás lo que no se atreven a defender por delante. Siempre los ha habido, también entre nosotros. Pero muy grave ha de ser la perturbación espiritual de quien se siente elegido para corregir al Papa y, con ello, para enmendar la plana a la Iglesia toda, que fue consultada con extensión y profundidad antes de poner por escrito estas palabras que hablan del corazón de Dios.

Siempre que me encuentro con casos protagonizados por estos nuevos cruzados, me confirmo en dos intuiciones. Que su paranoia es tal, que actúan creyendo en lo que dicen y hacen; lo cual no significa que obren de buena ley, sino que su enfermizo imaginario convierte la fe en una batalla, en lugar de en una experiencia. Mi segunda certeza es que sus juicios permanentes sólo pueden provenir de un hondo desarraigo enquistado en sus vidas: no han amado, no saben amar, les han mal amado… Es triste.

En contraste con estos sepulcros blanqueados (que ésa es otra a tener en cuenta), el Evangelio nos insinúa hoy la entrada de una puta en la vida de Jesús: María Magdalena, sobre quien no tenemos absoluta constancia de a qué se dedicaba, pero todo apunta a lo que apunta. María, la que no sabía cómo amar a Jesús, se quedó sin palabras y dejó hablar a sus lágrimas; la que se convirtió en apóstol de los apóstoles la mañana del primer domingo. María la de Magdala es un milagro cotidiano: el amor verdadero pudo con sus suciedades, la sanó por dentro y la reconstruyó. Es lo que tiene la misericordia, que le recuerda a cada uno quién es de verdad y le da alas.

María Magdalena, cuyo día ha de celebrarse desde este año con la categoría de las grandes fiestas. Lo ha decidido el Papa, que quiere ejemplos de conversión verdadera en la Iglesia, muestras de que la misericordia de Dios todo lo puede. Que para escribir anónimos vale cualquiera. Pero amar es otra cosa. Amar es lo que le toca a la Iglesia.
@karmelojph

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