La dimensión humana, social y económica que tienen los problemas medioambientales ha convertido ciertas cuestiones como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad en prioridades indiscutibles a nivel mundial. Desde el punto de vista metodológico, abordar el cambio climático requiere introducir enfoques de gestión integral en los que estén implicados sectores productivos estratégicos y modelos de predicción económica con mecanismos de coordinación intersectorial y, en definitiva, de cooperación interterritorial e internacional. En la actualidad, las amenazas que afectan de forma más alarmante a la diversidad biológica como los cambios en el uso del suelo, el cambio climático, el cambio relativo del nivel del mar, la fragmentación de los ecosistemas, o la introducción de especies exóticas invasoras, están estrechamente ligadas a los procesos de cambio global y adquieren, en muchos casos, la dimensión de grandes problemas planetarios.
El cambio climático se ha identificado como uno de los principales retos mundiales junto a otros desafíos como el uso y disponibilidad de agua dulce a todos los niveles, la acidificación de los océanos, las interferencias en los ciclos del nitrógeno y del fósforo, el agotamiento del ozono estratosférico, la contaminación química y el efecto de los aerosoles en la atmósfera, que afectan a la integridad de la biosfera.
La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) lo define como “el cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera global y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables”. Por lo tanto, hemos de diferenciar entre el cambio climático atribuible a las actividades humanas que alteran la composición atmosférica y la variabilidad climática atribuible a causas naturales.
El calentamiento en el sistema climático es inequívoco y, desde 1950, muchos de los cambios observados no han tenido precedentes en las últimas décadas. La atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido, el nivel del mar se ha elevado y las concentraciones de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono han aumentado.
En un artículo reciente, comentaba que el cambio climático comprobado obliga a revisar las políticas de reforestación porque los bosques ayudan a mitigar estos cambios al absorber el dióxido de carbono de la atmósfera y convertirlo, a través de la fotosíntesis, en carbono que se almacena en forma de madera y vegetación, actuando como “fijadores del carbono” atmosférico. Hay que tener en cuenta que el carbono de los árboles supone alrededor del 20 por ciento de su peso. Además de los árboles, el conjunto de la biomasa forestal también funciona como “sumidero de carbono”. Por ejemplo, la materia orgánica del suelo de los bosques -como el humus producido por la descomposición de la materia vegetal muerta- también actúa como depósito de carbono.
En consecuencia, los bosques almacenan enormes cantidades de carbono. Ahora bien, las propuestas de reforestación deben ser analizadas científicamente para que se adecuen a los diferentes escenarios del cambio climático, buscando las especies más idóneas, adaptables a las condiciones climatológicas y del suelo, con el fin de conseguir masas boscosas que disminuyan los niveles de dióxido de carbono y su efecto invernadero. Así lo estableció la Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático (COP21) celebrada en París el pasado mes de diciembre que recordaba la necesidad de “mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2 ºC con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 ºC con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que así se reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático”.
