Por motivos que no viene al caso contar aquí -porque lo cuento en otro lado-, sigo en el candelero. Y bien a mi pesar porque, en contra de mi juvenil aspecto, soy un jubileta, que vive a pie de obra. Lo de a pie de obra viene porque los jubiletas metemos el dedo gordo en la valla verde de las obras, para ver si sale agua del fondo del foso donde irán ubicados los garajes. Eso sí, soy un jubileta sui generis porque me niego a enfundarme el chándal gris marengo y a colocarme las cholas Adidas con calcetines. Eso sí que no. Todavía hay cierto gusto. Según el adivino que predijo mi muerte en la barra del Mencey, en medio de cierta melopea, me moriré a los 69 años, que cumpliré el 16 de agosto próximo. Mis enemigos han iniciado la cuenta atrás y a lo mejor les cunde. Quizá por eso me han elevado de nuevo a las páginas de los periódicos -ahora en color-, con gran regocijo de un servidor, que quiere morir en loor -ya se puede decir también “olor”- de multitudes. He de reconocer que a mí el baile me gusta y así, en la confrontación y eso, puedo ver más veces a mi amigo y abogado, Juan Inurria, con quien me voy a comer hoy un bistec de cochino negro, no digo dónde para que no nos den la lata. Tengo otro amigo abogado, Pedro González Delgado, para otros asuntos, pero como se me ha metido en la política a fondo, lo veo menos. Pero lo aprecio mucho. Claro que echo de menos a mi letrado de toda la vida (veinte y pico casos en mi vida profesional, todos ganados), Edmundo González, tristemente fallecido, con las botas puestas. Un gran penalista. El otro día saludé a su hijo Loren, en el juicio de un amigo. Un abrazo a la familia.
A mí el baile me gusta
Por motivos que no viene al caso contar aquí -porque lo cuento en otro lado-, sigo en el candelero. Y bien a mi pesar porque, en contra de mi juvenil aspecto, soy un jubileta, que vive a pie de obra
