Un relato del Medioevo
El patio del castillo aparecía semivacío, solamente una gallina corría tras un ratoncito y, cuando lo alcanzaba, lo colocaba diestramente entre sus alas y abdomen, como dándole calor y amor. El roedor escapaba en cuanto podía zafarse del abrazo de aquella madre adoptiva y corría en busca del agujero salvador; sin embargo no llegaba a eludir a aquella gallina, madre soltera, la cual nuevamente lo cobijaba bajo ella. Y así una y otra vez.
Hay que advertir que en aquella época, muy oscura (no se había inventado la luz eléctrica), las gentes y los animales estaban muy mal instruidos, no se estudiaba mucho la zoología, por lo que la gallina no conocía la diferencia entre mamíferos y aves.
Entre carrera y carrera de los animalitos, apareció un caballero de aspecto mustio, que se sentó a esperar en el brocal del pozo, dejando su escudo apoyado en el mismo. En el escudo se apreciaba la cara del rey de la selva, pero al que le faltaba el ojo izquierdo. Este pequeño detalle lo había causado la lanza de un contendiente en el último torneo en el que había participado el caballero, pero lo peor del asunto es que, entonces, sus compañeros de armas empezaron a llamarle el “caballero del león tuerto”, cosa que le fastidiaba y molestaba horrores.
¿Pero por dónde anda la princesa esa de los ojos verdes? La princesa de los ojos verdes estaba en su habitación del castillo trabajando en un tapiz en el que aparece una escena del Antiguo Testamento, la de Judith y Holofernes, para ser exactos. Cuanto tejía parecía que los minutos se escurrían sin darse cuenta ella entre los hilos de la trama, olvidando al joven que, ansioso, le esperaba sentado en el brocal del pozo del patio del castillo.
Además, su clepsidra tenía una fuga de agua y atrasaba que daba gusto. Total, que la princesa de los ojos verdes nunca fue muy puntual en sus citas, fuesen cuales fuesen estas citas.
Acabó, sin embargo, por recordar a su amado caballero que esperaba triste y decaído sentado en el brocal del pozo del patio del castillo. Bajó lo más aprisa posible las escaleras, lo cual significa que descendió muy despacio, pues entre los largos faldones de su vestidura y los resbaladizos escalones de la escalera, bajar deprisa podría significar una caída mortal.
Pues sí, llegó sana y salva junto a su enamorado, que sujetó las manos de la princesa entre las suyas. Triste escena, de verdad. Tan triste que no me explayaré en describirla y sólo contaré que entonces comenzó un monólogo de la joven entre lamentos y sollozos: “Esto no puede seguir así”. “Tengo que hablar muy seriamente con mi padre el rey” “Si no deja que nos casemos, ¿qué va a ser de mi vida?” “¿Voy a tener que dedicarme toda la vida a la costura y a crear tapices con escenas del Antiguo Testamento?” “No, desde luego que no”. El caballero la miraba compungido y asentía con la cabeza ante todo lo que su amor decía.
Estas patéticas relaciones en el Medioevo no son para relatarlas. Guardemos, pues, un poco de educación y dejemos a los enamorados contándose mutuamente sus cuitas, (¿Qué demonios son las “cuitas”?), que afectan profundamente a los corazones débiles y, teniendo en cuenta que por aquellos años no existían cardiólogos que especificaran exactamente de qué adolecían los débiles corazones, más vale cerrar el párrafo sin entrar en más detalles.
Han pasado unas semanas. De nuevo estamos en el castillo. No, en el patio no, en la habitación de la princesa de los ojos verdes. Laboriosa ella está dándole puntadas a la tela mientras tararea, entre dientes, la última tonada que oyó cantar la pasada primavera a aquel trovador tan guapo. El trabajo está prácticamente acabado. En él aparece Judith con una espada en su mano derecha de la que escurren rojas gotas de sangre, mientras que en la izquierda sostiene por la cabellera la cabeza de… Juraría que los rasgos que allí aparecen corresponden al Caballero del León Tuerto.
