Pablo Iglesias ha hecho una manifestación insólita. Para justificar su retroceso electoral en confluencia con los comunistas, ha dicho que sus electores les “tienen simpatía”, pero que “ante la evidencia de que podríamos gobernar deciden no votarnos”.
Fortísimo.
Según el dirigente de Podemos —su Lenin, podríamos decir, en analogía con el Vladimir Ilich de la Revolución de Octubre—, los eventuales votantes de su formación lo hacen sólo por simpatía, pero prefieren que sean otros los que lleguen al poder ya que ellos tienen “miedo a lo nuevo”, “temores al cambio”.
Nadie ha denigrado tanto a los simpatizantes de Unidos Podemos como su líder máximo: los ha tac¬hado de miedicas, de conservadores y de preferir que les gobierne hastaMariano Rajoy a que lo haga la coyunda de Iglesias con Alberto Garzón.
Fortísimo, insisto. Si semejante crítica demoledora la hubiesen hecho Albert Rivera o Pedro Sánchez, los dirigentes de Podemos habrían saltado a su yugular en bloque, llamándoles de todo menos guapos. Lo ha hecho Pablo Iglesias, en cambio, y ellos de momento tragan ese sapo con un ominoso silencio.
No sé cuál será el futuro del movimiento nacido a la sombra de los indignados del 11-M, pero su líder lo tiene claro: no llegará al Gobierno porque nació para incordiar, para agitar, para hostigar,… pero nunca ha sido una real alternativa de poder porque a los individuos antisistema de hoy, como a los anarquistas de antaño, lo que les interesa es destruir las instituciones, pero no sustituirlas por otras nuevas.
Gracias, pues, Pablo, por aclarárnoslo por fin tras tantas afirmaciones sinuosas, contradictorias y falsas como has venido haciendo hasta ahora.
