domingo cristiano

No pases de largo

Se cuenta hoy en todos lo templos: Abraham reconoce la presencia de Dios en aquellos tres caminantes que se plantan ante su tienda, junto a la encina de Mambré

Se cuenta hoy en todos lo templos: Abraham reconoce la presencia de Dios en aquellos tres caminantes que se plantan ante su tienda, junto a la encina de Mambré. Justo allí, donde el padre de los creyentes se había dejado caer para descansar, agotado por el calor del día.

“Señor, no pases de largo”, es el grito de Abraham, que abandona su reposo, corriendo, para postrarse rostro en tierra ante los desconocidos. A cambio, les propone cuidarlos de ellos con bebidas y comidas que reparen sus fuerzas. Se pone a su disposición y todo termina saliendo bien. Se quedan, comparten su mesa y pronuncian su bendición sobre el estéril vientre de Sara, la esposa del patriarca.

Resulta evidente que textos tan hermosos -no andamos sobrados de belleza- hay que leerlos varias veces hasta conseguir sumergirse en las razones que llevaron a la comunidad a conservar este relato de generación en generación, siglo tras siglo. Es difícil imaginar a Abraham temiendo que Dios pase de largo. El mismo Dios que le sacó de su vida y de sus casillas y le puso en camino con incierto destino.No hay razones para que abandone ahora a su siervo.

No, no parece creíble que el temor que de pronto le invade tenga que ver con la posibilidad de que su Dios le haya aborrecido y no quiera compartir ya su intimidad. Da la impresión de que aquella frase, “Señor, no pases de largo”, es más bien el ruego de quien, conociéndose a sí mismo, teme no estar atento al paso de Dios.

Eso sí. Abraham ruega a Yahvé que le enseñe a estar pendiente de su presencia. Sobre todo en esos días de calor, cuando todo invita a dejarse ir y sucumbir al sopor. Esos días, haga frío o calor por fuera, en los que el desánimo o la inercia o las dos cosas se convierten en tentación fácil de abrazar por dentro.

“No permitas que te ignore. Haré lo que haga falta”, parece ser el ruego del creyente en esas circunstancias; allí, al borde del camino, viendo la vida pasar.

Desconozco si la encina de Mambré fue testigo de muchos o pocos acontecimientos durante su vida. Sé a ciencia cierta que los árboles que adornan el siglo XXI saben mucho de prisas, obsesiones, miedos, proyectos, añoranzas, atrofia emocionales y espirituales… Son testigos de la vida, que pasa rápido y arrolla. Es en este contexto en el que los creyentes de estos tiempos apasionantes sólo sobre viviremos pidiendo a Dios que nos enseñe a descubrir su paso por el mundo, su presencia en la Historia, su arraigo en nuestra vida, en cada uno de nuestros días.

Yo creo que no se puede ser creyente sin bucear en el misterio de Dios en el día a día. De hecho, opino que la mayor parte de las fantasmadas religiosas, dentro y fuera de la Iglesia, se incuban al calor de lo que podríamos llamar un ateísmo creyente: algo así como invocar el nombre de Dios sin buscar su rostro, sin dejarse hacer por él, sin reconocer la propia fragilidad, que es el único camino para ponerse en manos de Dios y dejarse levantar por su presencia.

@karmelojph

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