Se ha encendido Santa Cruz con las frondas de los flamboyanes y es un espectáculo contemplar la explosión de color estacional en los bordes de la vía del barranco de Santos. Nunca explotó de belleza como ahora esta zona de la ciudad, junto a la obra olvidada y fundamental de la carretera que comunica las dos puntas del casco. Menos mal que al bueno de Bermúdez no se le ha ocurrido instar a los ciudadanos a que se tiren al mar en pelotas en las costas chicharreras, como su homóloga de Madrid. A mi abuelo lo multaron con tres pesetas, en la noche de los tiempos, por lanzarse al océano, eso sí en bañador, desde el risco del fortín de San Telmo. Parece que era reincidente. En el escudo heráldico de Santa Cruz debería aparecer un flamboyán, en vez de otros elementos que no vienen al caso y que no son tan nuestros. Ha reventado la ciudad, en estos inicios del verano, en árboles como paraguas floridos que nos resguardan del rigor solar. Y la urbe atlántica compone una sinfonía en rojo digna de los paisajes de pintores impresionistas. Si Monet hubiera disfrutado de estos flamboyanes los habría puesto en el mundo. Por las tardes, cuando el árbol se hace alfombra, cede a la ciudad un manto rojo sobre el que transitan los viandantes. Es ahora cuando la flora adquiere su mayor belleza, su gran belleza. Otras ciudades lucen palacios, aquí nosotros derribamos los edificios de arquitectos famosos -Perrault- para construir encima una chapuza. Nos salva la flora roja del verano, que hace olvidar decisiones incomprensibles de quienes tenían que ser más sensibles con la ciudad. Ay.
Santa Cruz, encendido
Se ha encendido Santa Cruz con las frondas de los flamboyanes y es un espectáculo contemplar la explosión de color estacional en los bordes de la vía del barranco de Santos
