La sonrisa de Juan Pedro Rivero

Se me antoja usar la sonrisa de mi amigo Juan Pedro Rivero, como motivo para escribir mi columna dominical. Por qué lo hago. Bien sencillo.

Se me antoja usar la sonrisa de mi amigo Juan Pedro Rivero, como motivo para escribir mi columna dominical. Por qué lo hago. Bien sencillo. Porque debemos aprender a sonreír y como leía esta semana en su columna de los jueves, también en nuestro DIARIO DE AVISOS, a valorar nuestro tiempo. Cuántas cosas no hacemos, porque decimos que no contamos con tiempo, o lo que es peor, las realizamos a regañadientes.

Juan Pedro hace unos días compartió conmigo algo que más de una vez hace directamente, su rostro repleto, colmado, por una sonrisa de oreja a oreja, expresión popular, pero preciosa, por eso, por popular. Esa fotografía, esa sencilla fotografía, me llevó a pararme un buen rato y pensar. Pensé en las sonrisas que también he visto de cerca en algunos países africanos, en mis pequeños periplos por aquella tierra hermana. Algunos, cuando han leído la frase anterior, se habrán quedando pensando –espero-. Se habrán preguntado cómo se puede sonreír en el continente africano. Sí en África, la gente sonríe, los niños igual no comen, pero sonríen. La risa llena nuestro espíritu, y nos hace entender que la vida es una, y eso, hay que tenerla llena de vida misma y risa.

¿Qué bien, no? Sonreír, a pesar de tener tan cerca muchas veces la muerte, pero ellos sonríen. ¿Qué bien, no?

¿Y nosotros qué hacemos? Paseas, incluso ahora, en agosto, donde el tiempo se para un poco, y hasta contamos con más tiempo. Pero paseas, y de 10 rostros, ocho, rostro arriba, rostro abajo, muestran un halo de tristeza. ¿Y sabes cuál es la causa de esa melancolía en no pocas ocasiones? Que no poseemos el mismo móvil del vecino, o nuestras vacaciones no son las que mi amigo está disfrutando ahora en Cancún. Somos personas, seres, repletos de deseos inciertos, y que no nos dan nada. ¿Te da más vida un móvil mejor? ¿Te ofrece más felicidad real un viaje a las playas de Cancún? ¿Entonces por qué no sonríes y te metes en el mar de Bajamar o sonríes cuando paseas por la calle Herradores? ¿No lo entiendo?

Tenemos mil problemas. Sí. ¿Cuántos problemas crees que carga cualquier senegalés o mauritano, o sirio, no sabiendo qué comerá su familia y él mañana? Pero ellos sonríen, y viven.

Escuchaba decir hace muchos años, a mi padre –todavía me lo repite-, con su sabiduría innata y aprendida con la vida, le he escuchado decir que “antes las cosas eran duras, solo teníamos un único calzado, unas alpargatas para los domingos, y muchas veces caminábamos descalzos. Pero éramos felices”. ¿Qué nos sucede hoy entonces?

Lo he pensado, reflexionado, un poco estos días y lo comparto con ustedes. Imagínense que solo nos quedan dos horas de vida. Que has ingresado en el hospital y es muy probable que tu vida acaba, físicamente, o no. No lo sabes. ¿Esos minutos de vida, cómo los vas a vivir? Con felicidad o, por lo menos, intentando recordar todos los momentos que Dios te ha dado y la vida que has podido compartir repleta de amor, querrás reencontrarte con ella, para llevarte de aquí lo mejor.

Este que suscribe, suele ser especialmente serio y hasta agrio. Pero saben, quiero intentar cada día serlo menos, porque observando a mi alrededor, y mirando el espacio en el que vivo, qué dicha es la nuestra, tenemos vida y siempre, si buscas, rodeada de amor. Por eso, yo me quedo con la sonrisa de un niño que recordaré siempre, comiendo un mendrugo de pan, en una esquina de Acra, en Ghana, a pesar de no poseer nada, sonreía, porque, seguro, aunque él no lo sabía, tenía en su bolsillo lo más importante, la vida, la vida con otros. Y también me quedo con la sonrisa de Juan Pedro Rivero, quien sabe perfectamente lo que es la vida, la que solo Dios nos invita a saborear.

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