el charco hondo

La tasa del faltón

Un sándwich mixto servido con el queso frío, un camarero que pasa de largo por la mesa, unas papas congeladas cobradas como papas bonitas, una cartera robada, una sangría con vino que apenas valdría para cocinar

Un sándwich mixto servido con el queso frío, un camarero que pasa de largo por la mesa, unas papas congeladas cobradas como papas bonitas, una cartera robada, una sangría con vino que apenas valdría para cocinar, una excursión desorganizada, unas islas mal conectadas o una habitación sin atender a las tantas de la tarde. Estos pecados, y no la creación de una tasa, sí constituyen una amenaza para el sector turístico. Dramatizan. Exageran quienes argumentan que una tasa turística colocaría al sector a las puertas del fin del mundo. Sobreactúan las voces que evangelizan y anuncian que, atrapados en el peor de los apocalipsis, millones de turistas huirían de las Islas por mar o aire dominados por el pánico, aterrorizados, demacrados, descompuestos, desfigurados entre indescriptibles convulsiones por tener que pagar una cantidad irrelevante -irrelevante para el bolsillo del cliente, pero relevante si se plantea con carácter finalista y buen criterio-. No se dan razones para tanto alarmismo. No hay argumentos para creer que dejarán de venir, o volver, por añadir a sus gastos un pago intrascendente. Otros son los fallos que pueden poner en riesgo al sector. Otros los errores. Otros los precios. Otras las debilidades que nos hacen vulnerables. Otras las miserias que deterioran nuestra competitividad y que, en este caso sí, pueden provocar que quienes han venido no vuelvan. Afirma la consejera de Turismo que una tasa turística repercutiría en la fortaleza del destino. Seríamos menos competitivos, ha dicho. Sepa, consejera, que en el listado de meteduras de pata una tasa no aparecería en los primeros puestos. Exageran. Dramatizan. Hace más daño un camarero malhumorado, inepto y faltón que una tasa turística.

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