Siempre se ha considerado que los espacios locales son magníficos laboratorios para el ejercicio de cualidades democráticas, especialmente para el fomento de la participación cívica. En este punto, sin embargo, es conveniente llamar la atención sobre la diferencia entre participación libre y participación dirigida. A veces se habla mucho de la participación, pero no tanto para propiciarla sino para imponerla desde el vértice. La participación libre, la que se puede facilitar especialmente desde los ámbitos locales, es aquella expresión libre de la variada y multiforme vitalidad que adoptan las legítimas aspiraciones de los vecinos.
La Carta de Vitoria, promovida por la Federación Española de Municipios y Provincias en 2004, subraya, con toda razón, el esfuerzo de los Entes locales desde 1979 por la búsqueda de fórmulas de participación en la gestión local: “es en nuestros pueblos y ciudades dónde las decisiones políticas se viven con cercanía, cómo la forma más directa y próxima a participar en la gestión de los asuntos públicos”.
Los espacios locales, es verdad, son los mejores ámbitos para ejercitarse en la participación. Ya sea en la participación en los procedimientos, en la gestión o en el análisis, definición, ejecución y evaluación de las políticas públicas. La dimensión local es una dimensión desde la que, en efecto, es posible que entendamos los intereses públicos locales desde la perspectiva del pensamiento abierto, plural, dinámico y complementario. Hoy, en los inicios del siglo XXI, ya no son defendibles versiones tecnoestructurales y cerradas del interés general. Hoy, guste o no, en el corazón de los intereses generales están incrustadas las más variadas expresiones de los derechos y libertades fundamentales. Y, en su definición, ejecución y evaluación debe estar presente la ciudadanía.
Participación en los procedimientos porque el Gobierno y la Administración local necesitan escuchar a quienes van a dirigir los actos administrativos si es que quieren conducirse con arreglo a la justicia y a la equidad. Participación de los vecinos en órganos consultivos que asesoran a los gestores de la vida local para que el mundo de la burocracia se abra a la realidad y la vitalidad que representa la opinión de los vecinos ante determinadas decisiones que, ciertamente, afectan a las necesidades colectivos de la ciudadanía. Y, también, por qué no, participación en el seguimiento y evaluación de las políticas públicas. Muchas veces es normal que determinadas políticas necesiten de correcciones y rectificaciones para que sean realmente eficaces y contribuyan a la mejora de las condiciones de vida de los vecinos. En estos casos, la presencia ciudadana o vecinal también es relevante.
Ciertamente, desde 1979 es mucho lo hecho. Pero también hemos de reconocer que el camino es largo y que ahora hemos de recorrerlo con los vecinos, huyendo de fórmulas, más o menos explícitas, de ese despotismo ilustrado que todavía pervive en la mentalidad de no pocos responsables que se sienten, por ganar unas elecciones, ungidos por la presunción del acierto y la oportunidad. Sin embargo, la clave reside en considerar que todos podemos aprender de todos, todos los días y, sobre todo, en buscar el entendimiento a partir de lo que nos une, que es mucho, mucho más que lo que nos separa o nos divide. Si hay más cosas que nos unen que las que nos separan. ¿Nos daremos cuenta algún día?
