Todos los momentos de la vida son imprescindibles, desde la niñez, con los valores de inocencia, ternura…, a la adolescencia, con la imprescindible rebeldía, a la madurez, con la razón, equidad… Digamos que los seres humanos somos catalogados por la fiabilidad, y esas pautas salen de los principios que debieran distinguirnos como especie. Es cierto que el mundo no es así, entre otras cosas porque una condición nos asiste, por más que tendamos a repetir los arquetipos, los modelos originales y primarios: somos sujetos singulares y únicos. Ninguno de nosotros se repite ni se repetirá; no existe ni existirá nadie igual en este mundo, ni física ni psicológicamente. Cada cual de nosotros vive el tiempo que nos toca vivir y la experiencia que acumulamos se perderá con nuestra muerte. Lo propio es la pericia de haber existido. Para el otro mundo, me dijo una vez un viejecito amigo, no nos llevaremos ni lo que hemos ahorrado ni lo que hemos dilapidado; solos, desnudos porque ya no nos cabe el traje de la Comunión.
Una experiencia particular al respecto sucedió hace unos días: un familiar cercano cumplió 90 años de edad. Eso quiere decir que esa persona ha recorrido un ciclo importante en este mundo. Más cumplen las estrellas, se dirá, pero esa no es la cuestión; de lo que avisa el conocimiento, porque (como nos enseñó Schopenhauer) pensamos, es que estamos condenados a solventar lo que somos, lo que vemos en el espejo del baño desde la primera a la última vez, la representación que es durabilidad. Luego estamos dotados para contemplar la vejez y la muerte por las palabras y los acontecimientos, cual le ocurrió al hombre-dios azteca Quetzalcóatl. 90 años significa que esa persona contempló los rescoldos de la Primera Guerra Mundial, sufrió la Segunda, fue atrapada por la contienda civil española, se arrojó a la inmigración para salvar el dinero necesario con que dar (entre otras cosas) estudios a sus hijas… Hoy proclamamos a su alrededor que ojalá lleguemos a ese estado y con sus condiciones, con esa cabeza. Ella, sin embargo, repara en la tensión del trayecto porque en su mente se advierte el final: cada día que descubre al amanecer es un regalo, cada pintura en el horizonte del atardecer también, cada gesto de cariño (suyo o de los otros) puede dar cuenta de la última vez.
A quienes la rodean y la aprecian les perturba esa estampa perversa que Dios nos regaló. Porque solo cabe una salvedad, un pretexto: lo que se compartió. Eso nos queda.
