Esta semana nos han bombardeado los medios con los 70 años de Camilo Sesto. Pero yo no sé si el que sale en las fotos es Camilo, o hay otro Camilo debajo del Camilo de los retratos. Los estiramientos han convertido a Camilo en una especie de Dorian Grey, quizá al revés; pero yo no sabría decir si este que aparece en las gráficas es más viejo o más joven que el Camilo de verdad. Quién sabe si estamos ante una nueva forma de hedonismo. Camilo no se parece a Camilo, al menos no es el Camilo contemporáneo mío, que sufría miedo escénico y que cantaba como un tenor. Es este un personaje curioso, que aparece y desaparece de vez en vez, que se mete en su casa y no contesta al teléfono, que no transita por las redes, sino que saca un disco y rompe.
Lo ha hecho con motivo de su setenta cumpleaños, aunque las fotografías parecen querer decir que quien las ocupa es un niño de primera comunión, Camilito, camino del altar; cuando, por edad, anda más por la veredita del féretro, como uno mismo. No sé, me parece un anacronismo lo de este joven que parece mayor o lo de este viejo que parece un joven; me he metido en un buen lío. Conozco gente a la que le aterra envejecer, sobre todo a la hora de hallar la media de lo que te puede quedar; según el mago aquel, yo estoy liquidado. No me importa. Conozco a un compañero de profesión que tiene la misma cara de cartón que Camilo y el pelo caoba, como Camilo. Gente a la que le da miedo que los años hagan mella en su piel. Pero es ley de vida. Si Oscar Wilde levantara la cabeza volvería a escribir la historia, con la foto de Camilo delante. Y eso.
