en la frontera

El desprestigio de la política

Las últimas encuestas del CIS reflejan algo que no por reiterado deja de sorprender.

Las últimas encuestas del CIS reflejan algo que no por reiterado deja de sorprender. La ciudadanía piensa, ahora con más intensidad, que la clase política es un gran problema colectivo. Los escándalos de corrupción que a diario salpican a los partidos y ocupan las portadas de periódicos y telediarios no ayudan a la necesaria dignificación de la política. La insensibilidad de algunos políticos en relación con el sufrimiento experimentado por muchas, miles y miles de familias en España, es una lamentable realidad. Y, sobre todo, la desfachatez con la que mes a mes se castiga a las llamadas clases medias y bajas del país, dedicando el esfuerzo impositivo de muchos ciudadanos y las bajadas de salarios en la función pública a nutrir y mantener un entramado de organismos y organizaciones innecesarios, es, desde luego, un motivo que justifica, no sólo el desprestigio general de la actuación de los políticos, sino también la subida preocupante de la abstención, ahora en cotas alarmantes. Más todavía, si se tiene en cuenta el problema de entendimiento general que se aprecia en la llamada clase política.

Por otra parte, los partidos deben también acordar entre todos la adopción de esas medidas, tan cacareadas como inéditas, de regeneración de la vida política, de manera que la participación ciudadana sea real y vaya poco a poco desapareciendo esa forma clientelar y sumisa de entender la relación entre política y ciudadanos. Hace falta un cambio en el modelo educativo que aspire a la transmisión del conocimiento a los más jóvenes.

En fin, los ciudadanos están reclamando otras políticas, otra forma de estar y ejercer la política. Quieren, queremos, un gran acuerdo entre todos los partidos que aspire a sacar adelante este gran país y a devolver a las instituciones la vitalidad perdida. El momento, aunque no lo parezca, es propicio para un gran esfuerzo de entendimiento entre todos los principales agentes políticos y sociales.
Un gran acuerdo en el que hay que revisar sin miedo el funcionamiento de muchas instituciones y políticas de Estado que se han asentado en el inmovilismo. Un gran acuerdo que permita dotar de vida a los principios de una Constitución diseñada desde la concordia y que, sin embargo, en los últimos tiempos, se ha utilizado en clave ideológica y al servicio de intereses parciales. La reforma es posible. Es necesaria. Y si se fuera más consciente de la gravedad de la situación, urgente.

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