Don Florencio – Por Luis Espinosa García

D.Florencio era un hombre muy curtido. Era un hombre que había vivido intensamente, es decir, era un viejo

D.Florencio era un hombre muy curtido. Era un hombre que había vivido intensamente, es decir, era un viejo. Tras pasar muchos años en América había aparcado su vida y existencia en aquel pueblecito de mala muerte a orillas del mar, lugar donde habían residido sus antepasados. Ya situado en los últimos suspiros de su vida, eso pensaba él, éta se volvió muy rutinaria. Se levantaba cuando lo mismo hacía el sol por el este (para el anciano señor hasta esto le resultaba curioso, pues en su aventurera vida unas mañanas al desperezarse contemplaba al astro rey a su derecha y otra veces a la izquierda; el que ahora saliese siempre por el mismo sitio, con ligeras variuantes, le llamaba mucho la atención) se lavaba un poco la cara, se vestía y salía a dar un paseo por la orilla del mar.

Este amanecer a que hacemos referencia pues, hizo lo mismo. Y mientras caminaba por paseos, senderos y aceras pensaba en América, en sus poblaciones, en sus selvas y en sus mares. Estuvo en Centroamérica casi todo el tiempo y en su cansada mente ya las naciones que componían esos lugares formaban un batiburrillo dificil de aclarar. Siempre había pensado que todos las naciones aquellas eran la misma, con los mismos dictdores, con los mismos cacaiquyes y terratenientes y con los mismos esclavos, entre los cuales incluía siempre a la etnia indígena, los que en un tiempo, fueron los señores de aquellas tierras.

Muchas veces se jugó la vida, o bien en la selva, atacado por caimanes, anacondas o mosquitos o el más peligroso de los animales, el hombre. Una vez cayó por un profundo barranco y solo los bejucos y las lianas le detuvieron y salvaron su vida. En una ocasión, al naufragar en el mar Caribe el falucho en el que navegaba, estuvieron cuatro días perdidos en un atolon hasta que un mercante les sacó a él y a sus compañeros de naufragio, de aquel inhóspito islote coralino.

Ahora, pensaba, el mayor riesgo que corría es que un coche le atropellase en un paso de peatones o que tropezase en un adoquin saliente.

Vivir asi, continuaba en su soliloquio, no tiene atractivo alguno, no requiere esfuerzos especiales ni necesito trabajos muy pesados. Tal vez lo mejor sería morir y descansar de una vez..

Persistió en sus ideas un tanto pesimistas mientras continuaba, automáticamente, con su paseo matinal. Llegó a la zona donde la arena de la playa se convertía en tierra de labranza, acercándose a un grupo de árboles de hoja perenne. Se sentó con cierto esfuerzo bajo uno de ellos y apoyo su espalda contra el tronco del vegetal.. Dejó que sus ojos contemplasen un buen rato el ir y venir de las olas, sumido continuamente en negros pensamientos hasta que, sin darse cuenta cerró sus ojos y su cuerpo, abandonando el apoyo arbóreo, se deslizó a la tierra.

Un buen rato después aparecieron los sanitarios, los guardias municipales, la ambulancia y los curiosos de siempre.

Fue entonces cuando D. Florencio se incorporó gastando sus escasas energías, se puso de pie, se ancasquetó su viejo sombrero de paja y comentó: Ni morirse dejan a uno en este pueblo.

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