He de reconocer públicamente que a los hermanos EDIS siempre nos ha gustado subir a las cañadas del Teide. También a los otros hermanos, los FRANANY. De hecho Francisco, Dardi y el primogénito del matrimonio Isidoro y Herminia subíamos a cazar conejos con el resto de la familia en los veranos de los años 1960 y 70. Más tarde, por razones de salud, íbamos a caminar por el sendero de las siete cañadas entre el Portillo y el Parador y viceversa.Preferíamos los meses de la primavera en los que las retamas despendían un aroma que hacía las delicias de nuestras sensaciones organolépticas.La filosofía del libro La magia de los sentidos, que escribiera el polifacético David Abram y me regalaraposteriormente mi fraterno Nany, aparecía en el ambiente. Las retamas habían abierto sus yemas y las abejas revoloteaban,en pleno concierto floral, atraídas por el polen de las flores blanco rosadas de las leguminosas dominantes en el Parque Nacional del Teide, las retamas. La combinación de nuestros sentidos nos volvió complejos, por no decir locos, y comenzamos a repetir una y otra vez, a lo largo de la excursión, la ecuación ecológica: AROMA + PAISAJE = FENOSISTEMA, que había registrado algún profesor ecólogo. Ello me recordó, agosto de 2016, al polifacético profesor catalán Jorge Wagensberg, a quien conocí virtualmente por sus trabajos científicos y medioambientales en la CosmoCaixa de Barcelona, en cuya obra social tuve la oportunidad de comisariar hace años, después de mi jubilación política y profesional, la exposición sobres LOS MONTES DE CANARIAS, que recorrió todas las ínsulas del archipiélago canario.Al profesor barcelonés le gustaba mucho jugar con los pensamientos, las preguntas y la incertidumbre. Con la naturaleza, el conocimiento y la complejidad del mundo. De hecho es autor de libros relacionados con sus dudas y sus ideas que le llevan a concluir en sus aforismos que el azar y el tiempo, el arte y la ciencia son formas complementarias del conocimiento y aplicar la convivencia y la transmisión del saber, son pilares de una comunidad civilizada. Tal como lo escribió en uno de sus libros complejos.
En Babeliade El País, de 20 de agosto de 2016, leo la pregunta del mismo Wagensberg acerca de alguna teoría de la complejidad.Constato que la escribió tras una breve introducción donde expone la existencia de leyes que valen para disciplinas tan distantes como la ecología marina y la lingüística y la aplica a un banco de peces en el que observa que cuanto mayor es un individuo, menor es su frecuencia.
LOS AFORISMOS DE WAGENSBERG (II)
De los 27 aforismos que escribió el profesor Wagensberg me quedo con siete. Comienzo por “el amor por lo simple”, continúo por la gran distancia que media entre la complejidad del sujeto y la simplicidad del objeto de conocimiento, me concentro en los números 6, 7 y 11, para finalizar con los números 19 y 21. El último me recordó los haikus japoneses, ya que la poesía evoca diciendo lo máximo con lo mínimo.El aforismo señalado con el 6 apunta que se puede ser invisible por lejano, por pequeño, por lento, por transparente, por opaco y simplemente por complejo, como los ecosistemas. En el número 11 reconoce que la complejidad es la diversidad de estados en los que se puede encontrar un objeto. Me acordé entonces del agua en el valle de Taoro: líquida en el mar Atlántico, gaseosa en las nubes de la panza de burro y sólida en los neveros de las cumbres.
Finalizada la reflexión estival de las olimpiadas en Brasil acudo de nuevo a la lectura acerca de lo complejo y es entonces cuando titulo este artículo. Coloco sobre la mesa la revista orotavense el In-Diferente, a los lados LaIlustración canaria y los viajeros científicos europeos, de los siglos XVIII y XIX, el libro de preguntas sobre la naturaleza de Jorge Wagensberg,un libro muy especial de Eduardo Galeano sobre América latina, la historia sobre un hombre extraordinario, Charles Darwin, y la obra Historia de una montaña, del profesor francés EliseoReclus. Fue un geógrafo muy peculiar del mundo europeo de finales del siglo XIX, al que le gustaba tratar a la montaña como un refugio ante la locura del mundo, y también describir sus paisajes separando sus elementos.En particular me llamaron la atención los que se referían al origen de la montaña, a la destrucción de las cimas, a los desprendimientos, las nubes, la niebla y las nieves, los pastos y los bosques, los animales, el escalonamiento de los climas y el hombre. Me acordé entonces de la complejidad de lo complejo máxime cuando añadí el Atlas geográfico y poético descrito, sobre 50 islas remotas, por la alemana Judith Schalansky, en su casa de Berlín. De todas ellas solo conocía una isla, la de Pascua, el Ombligo del Mundo, en el Pacífico sur. Está hermanada con El Hierro y el pascuense Parque Nacional de Rapanui con el del Teide. En verdad necesitabaun viaje como cura de salud y decidí refugiarme unos días en Fuerteventura, con mi familia, con mis nietos en particular. En una isla donde no hay montañas pero sí volcanes, excelentes playas y desiertos, cabras y quesos. Espero que la complejidad sea más fácil de llevar y de no ser así iré a saludar al recordado pintor y poeta, Juan Ismael.
