después del paréntesis

Mariano Rajoy Brey

Le dije “tu actitud explica lo carnavalesco: por más desgarrador que sea, pones en la otra punta lo que desprecias”

Quiso subsanar lo que sucedió, cual alemán que es, en la Segunda Guerra Mundial. Ante hechos de esa índole la distancia es irrefutable. Le dije “tu actitud explica lo carnavalesco: por más desgarrador que sea, pones en la otra punta lo que desprecias”. Le hablé de Colón y el Cortés que confirmó el después del “descubrir” con acciones de guerra contundentes contra los indios, o con el asesinato de los principales, Moctezuma II o el último, Cuauhtémoc. Hay que leer El arpa y la sombra, de Carpentier, para entender el disparate de la tercera parte de la novela; por eso, porque el Descubridor es su enemigo. Lo que contestó no fue enteramente preciso, pero tiene sentido porque pone a los hombres a la altura de los hombres. Me dijo que Hitler era un ser encantador para los suyos.

El círculo cercano a él lo adoraba, no tanto por ser el gran líder. Las cosas son según de donde lleguen. Cierto, alegué: Colón y Cortés son los dos grandes héroes de España, por lo que consiguieron para el imperio, el mucho oro incluido; para América no, porque por ellos los aplastaron. ¿Se justifica la barbaridad? Por supuesto que no, me dijo. Cuando nos enfrentamos a lo que ocurrió con los judíos, todos los europeos de buena fe habremos de repetir “yo soy judío”. Eso confirma la certidumbre del ser, de que los crímenes contra la humanidad son crímenes contra la esencia de lo que somos. Tal cosa no se puede olvidar. Como por ese camino transitábamos recordé las lecciones de don José Luis López Aranguren. La ética no condiciona solo al individuo, también al sujeto social. Él lo llamó “la ética de la alteridad”, de ahí que Franco y la dictadura sufrieran su pensamiento punzante. Lo que la ética mira son los actos morales en su correlación sistémica. Si consideramos (por ley misma natural) la moralidad en los sujetos, ha de justificarse y acordarse como universal. Una cosa es la moral privativa y otra la social. De la segunda algunos no escapan. Uno puede jugar a demócrata porque en esas andamos. Escudar la resistencia en el poder y con el poder los intereses particulares, logísticos u económicos da como resultado una interesada mentira.

Los otros (PSOE, por ejemplo) son los culpables de semejante ineptitud. El amago es pactar, como ocurrió con Ciudadanos (¡pobres!); pero mejor las terceras elecciones, a la espera de mayoría absoluta (o casi), que es como se puede gobernar.

Para los suyos es imponderable, óptimo, impar; en moral mucho que desear.

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