Habrá que remendar la balanza de las alegrías y las penas. A los creyentes en Cristo me refiero.
Las lecturas que se proclaman en los templos hoy no dan pie a ninguna duda, a no ser que uno quiera tenerlas: las alegrías en la Iglesia han de venir de la mano de la oveja perdida y encontrada y de la moneda que se había extraviado. O, lo que viene siendo lo mismo, que hay que poner un puente de plata al que equivoca el camino y regresa a casa. El que busca una segunda oportunidad, o una décima, tiene que encontrarse con un camino acolchado sobre el que deslizarse hasta el mismísimo corazón de la Iglesia. Un puente, nunca un muro.
Es aquello mismo de que las periferias existenciales nos adelantan en los caminos del Señor si su búsqueda de la verdad es sincera y si nuestro corazón se ha fosilizado con aquel rigor mortis que acontece a quienes han hecho de la fe un funcionariado en horario sólo de mañana. O de tarde, que es cuando hay más misas.
Se me ocurre que el camino de retorno del hijo pródigo lo transitan ahora mayormente quienes vuelven heridos de las batallas del amor, o de los mil y un amores, o de los desamores. Y que junto a ellos vuelven a casa los que buscan en serio la justicia, esos que un día llamamos rojos y relegamos a las galeras de los inadaptados.
Se me ocurre también que para entender al que vuelve hay que saberse oveja perdida, moneda extraviada. Sólo quien tiene experiencia sincera de su fragilidad construye puentes en lugar de muros. Quien no se reconoce en algún sentido perdido, juega a ejercer la misericordia. Pero no, no es eso. Es más bien lo de Dios: que se hizo carne para amar las entrañas de sus criaturas.
Así, sí. Así la misericordia es revolución, y no moda de temporada. Yo creo que habrá que estar muy atentos a todos los que buscan a la Iglesia de la misericordia, para gritarles que estamos alegres de su vuelta, que ésta es la casa que buscan, que no hay preguntas sino abrazos y barra libre de comprensión.
Cada día se abre una puerta para subir a las azoteas y buscar en el horizonte aquel punto insignificante que se acerca con temor: es un hombre que busca un hogar. Hay que salirle al encuentro, no sea que en el último momento vuelva a equivocar el camino por el temor a ser recibido con una bronca.
@karmelojph
