domingo cristiano

Suicidio de perros

Resulta que el responsable de las cosas del medio ambiente de Madrid ha tenido la curiosa iniciativa de pedir a la Policía que investigue un repunte en el número de suicidio de perros.

Resulta que el responsable de las cosas del medio ambiente de Madrid ha tenido la curiosa iniciativa de pedir a la Policía que investigue un repunte en el número de suicidio de perros. Como lo leen: el funcionario refiere tres suicidios de canes que se arrojaron desde el balcón de su hogar (del de su dueño, es de suponer). Y detalla que un cuarto eligió el ahogamiento para quitarse la vida: se enfundó una bolsa de plástico en la cabeza y así se autoinmoló por asfixia.

Prometo que no es una broma, la cosa es tal cual la cuento. En principio, nada que objetar a tamaña preocupación del cargo público. Bien está que se profundice en la salud mental de los perros de Madrid, sobre todo porque él sospecha que tales comportamientos fueron inducidos por sus propietarios.

Nada que comentar si no fuera porque en el mismo periódico en el que leo esto, unas cuantas páginas antes se informaba sobre la terrible situación de los niños en Alepo, la ciudad cementerio. No es demagogia. Si quisiera practicarla, bastaría con describirles las fotografías que recibimos a diario en los periódicos desde ese enclave maldito: todo lo que han visto, esas imágenes de niños llorosos y hasta muertos, no son nada comparado con lo que de verdad sucede y que los periodistas podemos ver en imágenes que son impublicables. El horror que reflejan es tal que, maldita concesión poética, sin duda el infierno tiene una puerta abierta en esa ciudad. No lo pueden imaginar. No lo quieran imaginar.

Y nosotros con lo del suicidio de los perros. A este mundo le pasa algo, le pasan muchas cosas. Y le falta solidez, y le sobra pensamiento líquido, de ese que se escapa entre los dedos de las manos. Este naufragio de la razón y la mesura, este fracaso del más básico humanismo es sangre que clama desde la tierra sobre la que cae. Por Siria y por todas las guerras, por nuestra obsesión en no llamar “vida humana” al niño que escala los primeros peldaños en el glorioso vientre de su madre. Por el fanatismo de quienes colocan los objetivos por encima de las personas. Estas tinieblas están marchitando el brillo de la aventura común que es la vida.

Pero los hijos de las tinieblas han tomado el mando en algunos puestos decisivos para el vivir verdaderamente humano. “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”, advierte hoy el Evangelio. Y así reta a los hombres de buena voluntad a buscar la consistencia en sus vidas y a promoverla en la sociedad. Consistencia, gran palabra.
El mejor servicio que podemos ofrecer los cristianos a un mundo de verdades resbaladizas es la consistencia. Nuestra fe es un faro sólido que coloca al hombre por delante de los planes, al caído por encima del eufórico, al indefenso por delante del temerario. Somos un regalo para el mundo si abrazamos la convicción fundamental de nuestro Dios: la vida vale la pena. Toda la vida. La vida de todos. Y con esta bandera, caminemos.

Es que quizá no sea tiempo ahora de palabras. Se han pronunciado casi todas. Ahora es momento de la consistencia, de la apuesta decidida y valiente por lo verdaderamente humano. La fidelidad en lo pequeño cambiará el mundo, dice Jesús. Hay poderosos que han caído en el error de pensar que sólo lo grande transforma la sociedad. Y ése es el origen de este cáncer: que no importa el día a día, sino el horizonte. Pero el horizonte no existe, sino que es más bien la suma de los instantes, de cada uno, en los que se practica la misericordia y la justicia.
Veremos qué pasa con los perros suicidas. Lo mismo es que también ellos han visto el telediario.
@karmelojph

TE PUEDE INTERESAR