Hace apenas una semana visité París. Y hoy lo que te sorprende del lugar no es el glamour o las zonas por las que esa ciudad resulta atractiva sino acreditar que Francia es un país ocupado por el ejército. El gobierno se ha dado con el deber o la necesidad de sacar a los soldados a la calle. Además, a esa presencia se añade el hecho de que a cada paso te das de frente con controles exhaustivos. Si accedes a un museo, serás revisado y pasado por el detector de metales como si estuvieras en la sala de embarque de un aeropuerto.
Si vas a Notre Dame igual. Y la Torre Eiffel está acotada, con el acceso a la amplísima plaza que era la delicia de los visitantes separada de sí. De manera que si caminas por las calles más concurridas de París o de Versalles (e imagino que de ese modo ocurrirá en las otras localidades más habitadas de Francia) te encuentras soldados en grupos de cuatro con chalecos antibala y rifles de repetición perfectamente cargados y dispuestos para proceder. Esos rudimentos condicionan (insisto) la movilidad, aunque esos jóvenes armados nada te requieran. Pero reducen tu relación afectiva con el espacio porque en esa situación estás sobre aviso: si se encuentran allí y de ese modo es porque alertan de los peligros, y el peligro es humano. Lo que cuidan es que los sospechosos no actúen y tú potencialmente eres un sospechoso.
