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Un obispo y un sargento

Esta es la segunda entrega de una trilogía sobre el Puerto (de la Cruz). A don Domingo Pérez Cáceres, el obispo progresista (para entonces) de Tenerife lo quiso premiar Isidoro Luz con una calle portuense

Esta es la segunda entrega de una trilogía sobre el Puerto (de la Cruz). A don Domingo Pérez Cáceres, el obispo progresista (para entonces) de Tenerife lo quiso premiar Isidoro Luz con una calle portuense. Y le dio su nombre a una chiquitita, que enlaza la avenida del Generalísimo (todo el mundo la sigue llamando así, aunque ya no se llama así) con la plaza de los Reyes Católicos, que todo el mundo llama avenida de Colón. Hoy, la placa ni se ve, escondida entre locales en ruina que dicen “se vende”. A don Melchor Cáceres, que en su vejez hacía juegos malabares con el bastón en la plaza de la Iglesia, el alcalde Isidoro Luz le dio otra calle paralela, que también comunica las vías citadas. ¿Cuál era el mérito del sargento? ¿Fue, acaso, un héroe de la guerra civil, un Aureliano Buendía? No, cedió terrenos al Ayuntamiento para la expansión turística que comenzó en el año 1958. ¿Que por qué sé yo todo esto? Porque lo viví: yo era el monaguillo del padre Lucinio García de la Cuesta, hoy exclaustrado, cuando este buen agustino y gran pintor bendijo la nueva avenida de Colón. A mi lado, el gobernador civil, Santiago Galindo Herrero; a mi otro lado, el general López Valencia, a la sazón capitán general de Canarias. ¿Cómo no me voy a saber el Puerto de memoria, si es mío? La placa del sargento Cáceres no la vi, la otra, la de don Domingo, sí, pero escondida. Don Domingo tenía un sosias, o quizá algo más: Manolo el Gallo, que era el propietario del único bar de Santa Cruz que no cerraba nunca. Algunas noches íbamos allí a tomarnos su famoso caldo. Esto a la mayoría le sonará a chino. A mí a época bendita. Qué pena, se me acabó el espacio.

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