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Cosas de los periódicos

En los inicios de este periódico ejercí como jefe de sección, redactor-jefe y subdirector, aunque este último cargo nunca me lo reconocieron en la nómina.

En los inicios de este periódico ejercí como jefe de sección, redactor-jefe y subdirector, aunque este último cargo nunca me lo reconocieron en la nómina. Una vez teníamos que publicar un artículo sobre un riñón artificial que habían instalado en uno de nuestros hospitales. El encargado del archivo, un tal Domingo, se había puesto enfermo. Sabíamos que la foto del aparato existía y que estaba archivada, pero no la encontrábamos con aquel método manual de guardar las gráficas. Telefoneamos al enfermo y la respuesta fue genial: “¿Pero dónde va a estar archivada la foto del riñón artificial? ¡Pues en el apartado de gastronomía, por supuesto!”. Aquel indocumentado vio algo de riñón y lo archivó al lado de las carnicerías, los cocineros y las cocinas. Los periódicos eran, y supongo que son, una caja de sorpresas. No hay duendes, es mentira, lo que hay es gente que no hace bien su trabajo, aunque una equivocación se disculpe, por supuesto. Yo he tenido muchas. Y, además, la Internet te ofrece tantas trampas que si caes en alguna te quedas hecho polvo. Repito que yo he caído en algunas, aunque, con los años, me he vuelto muy cauto a la hora de confirmar las informaciones. Todos hemos matado a algún vivo, creyendo que era difunto, todos hemos escrito rameras por romeras y todos hemos tenido que soportar las broncas del director por haber metido la pata. Y todos hemos sufrido humillaciones.

A mí, un tipejo que trabajaba en cierto periódico me mutilaba, por norma, los artículos, cada día. Fue uno de los que me perdió los papeles en la Facultad de Periodismo, que fundé yo con otros, para que no llegara a ser profesor titular y catedrático. Ahora se lo agradezco, aunque ya no está entre nosotros, porque aguantar a una panda de analfabetos funcionales tantos años hubiera conmocionado mis entrañas.

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