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Yo y la informática – por Luis Espinosa García

Si pensaron que mis males habían concluido se equivocan. Me refiero a mis peleas con el nuevo ordenador.

Si pensaron que mis males habían concluido se equivocan. Me refiero a mis peleas con el nuevo ordenador.

El día siguiente lo dediqué por entero a superar el agobio mental en el que me habían (me había) introducido los ordenadores en general y el mío en particular, si bien pasadas 48 hora hice  un gran esfuerzo (No se rían, por favor) de espíritu  y me senté ante el maléfico aparato para intentar resolver los criptogramas y algoritmos (es una palabreja que no sé exactamente lo que significa, pero que me a da a mí que aquí pega bien), con los que me retaba la nueva adquisición.

Está vez mi ayudante era otro nieto, Javier, igual de inteligente que Marcos, pero “desinquieto”.

De entrada le ordené a mi descendiente que, sin lugar a dudas, no intentara restablecer el orden entre la maraña da cables que envuelven mi PC. No es broma. Entran y salen cables, con o sin enchufes, por todos lados. Me gustaría  ver por aquí a Teseo  aunque llevase  el hilito de su novia y que saliese vivo y sano de mente tras intentar resolver el revoltijo de cables, hilos de grueso calibre, filamentos y demás que se amontonan en maraña increíble a los lados y bajo la mesa que contiene el ordenador.

Tranquilizado el ambiente inicio el trabajo.  Vamos, primero que nada, a abrir está foto de una violeta del Teide que me mandó mi amigo Paco. Tururú, que te vi. Sale ahora una página llena de indicaciones incluido un sesudo estudio de como  Buda fue llamado el Iluminado.  De tanta iluminación me deslumbro y ya no encuentro ni siquiera la mesa y la silla donde me suelo sentar.

Si, en efecto, ya Javier trae el primer vaso de agua, pero con tan mala suerte que su pie izquierdo se traba en un cable (¿Les había comunicado lo de que por aquí aparecían gran número de conducciones eléctricas?) y me tira el contenido del vaso por encima, me empapa la ropa y tengo que salir a cambiarme, por lo menos, de camisa. Claro que eso me viene bien pues mis neuronas se tranquilizan.

De nuevo a la tarea.  Ahora lo que ocurre es que no hay luz. Seguramente se ahogó algún plomo. Pues salió a flote, pues tras un ajuste de “algo”, vuelve la luz. Ahora lo que no existe es el sonido. Ustedes me dirán, ¿Y para que quiero el sonido si lo que intento es sacar una flor de mi correo? También es verdad. Olvidémonos del sonido.

Toco inadvertidamente un icono y sale una bonita foto del Titanic en el momento de chocar con el iceberg. De pronto, tras el naufragio,  salen letras, advertencias y hasta un cuervo que recita el “Never more”. Creo que he caído en el submundo de lo Irreal ( Si, con mayúsculas) que me arrastrará hasta lugares inexplorados por la materia gris si no doy marcha atrás y, una vez más, acierto a tirar del cable (no crean ustedes que es fácil, en un momento así, dar exactamente con el cable que conecta al ordenador con el servicio eléctrico, supongo que todo deviene de la costumbre que tengo, desde antiguo, de tirar de él cuando me encuentro en un aprieto)  y clave y  ordenador se apagan. Salvado.

Javier me da aire con un libro, pero se le escapa de las manos y me da un magnifico librazo en todo el cráneo. Esto, al parecer, termina de despejarme. Mis ojos lloran, no del golpe, sino de la irritación de mis ojos (casi tanto como la mía) que tienen tras haber estado una hora con la mirada fija en la pantalla que, dada mi mala visión, está colocada a  escasos milímetros de mi nariz. Mi pañuelo está completamente mojado, aunque no se bien si es  de mi llorera o del agua que me echó encima el nieto. Al levantarme de la silla me enredo en otro cable y caigo al suelo. Señor, señor, ¿Qué más me puede pasar?

Pues que al intentar retirar el cable me da una descarga eléctrica que eriza todo mi vello. Y así quedo.

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