Dice el papa Francisco que la vejez hay que llevarla con sentido del humor. Acaba de echarse 80 años a la espalda y recita con Ovidio, “con paso silencioso se te viene encima la vejez”. La vejez de Palmira, la ciudad desértica en la provincia de Homs, es la de las ruinas de la capital del antiguo imperio de la efímera reina Zenobia, hace 1.700 años. El tiempo es la vejez biológica de las personas e histórica de las cosas y ciudades. Palmira, “ciudad de los árboles de dátil”, es Patrimonio de la Humanidad por sus vestigios grecorromanos, transformados, bajo el dominio del Dáesh, en macabra escenografía de las ejecuciones difundidas en vídeo por todo el mundo; el propio director del yacimiento fue decapitado. Me suelo fijar en las fotos de las ciudades devastadas por la guerra. Palmira es un esqueleto, quedó en los huesos tras la refriega como ese templo de Bel, de columnas enjutas que amenazan deshacerse en el aire.
No hay que tener miedo a la palabra fea, la vejez, nos recomienda el papa, que reivindica una senectud alegre pese a los derrubios de la vejez en las personas y en los sitios habitados. Otra de las fotos estremecedoras es la de Alepo, en la misma Siria que Palmira. La Alepo milenaria es el Vietnam de nuestros días, la guerra interminable a la que se puso fin el pasado día 12, tras las bajas incontables del infierno de la batalla crucial contra los rebeldes. Cayó Alepo, pero no cayó el telón de la barbarie. Ahora es Europa, de nuevo, el escenario de la sórdida espiral de violencia indiscriminada. El camión que arrolló ayer un mercadillo navideño en Berlín y dejó un reguero de sangre de muertos y heridos, a su paso, asestó un golpe brutal a la noche negra de Europa. Horas antes, un policía de fe islámica mató a tiros al embajador ruso en Ankara, al grito de “Alepo, venganza”. La secuencia del atentado describe al pistolero -un agente de la unidad antidisturbios de la policía turca, fuera de servicio- situado detrás de su víctima, que pronunciaba unas palabras en la inauguración de una muestra de arte en un barrio céntrico. Tras los disparos, los asistentes se ocultan tras una pared, y junto al cadáver y el terrorista con el arma en alto, en el suelo hay un bolso rojo y lo que parece un zapato. “¡Nosotros morimos en Alepo, ustedes mueren aquí!”, se desgañitaba el joven asesino de traje negro hasta ser abatido. Vuelve el terror a Europa, adonde huyeron los refugiados de la guerra siria. Una Europa que ayer se quedó sin palabra. Ni las fechas cercanas entrañables, ni la vejez que el papa invita a celebrar con sentido del humor, borran el rictus de este horror.
