domingo cristiano

Un Adviento calentito

Estoy viviendo un Adviento caliente. La crítica de cuatro cardenales a la primavera que disfruta la Iglesia con Francisco ha sido un golpe en mi línea de flotación

Estoy viviendo un Adviento caliente. La crítica de cuatro cardenales a la primavera que disfruta la Iglesia con Francisco ha sido un golpe en mi línea de flotación. Es que me cuesta un esfuerzo titánico reconocer en estos cuatro la herencia de aquellos primeros testigos, los apóstoles, que lo dejaron todo –hasta hipotecaron sus filias y sus fobias personales- para poner su vida en manos de Dios y buscar sólo el bien de los hombres. Estos nuevos cruzados de la fe, sin embargo, prometieron derramar su sangre por Cristo si fuera necesario y mira en qué se han quedado. No puedo con ello.

Lo que ocurre es que enseguida se me alegra el día, porque al mismo tiempo estoy releyendo la carta del Papa Misericordia et misera [Misericordia y miseria], y me nace una sonrisa por dentro que se me tiene que se me nota mucho por fuera. La fe de la Iglesia se desparrama en las palabras de Francisco, un regalo de Navidad que devuelve a los creyentes a la simplicidad y la belleza originales de la Buena Noticia. También a su genuina exigencia.

“Dios no pone ningún límite a cuantos lo buscan, porque sale al encuentro de todos, como un padre”. “Hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros para que podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos”. “Nada es más agradable a Dios que un signo concreto de misericordia hacia el prójimo”. Son sólo algunas de las frases con las que el Papa Francisco torpedea en nombre de Dios las resistencias de quienes entienden la Iglesia como poco más que un apaño, un instrumento al servicio de los intereses de cada momento.

Pues no. En nombre de Dios, no. Un apaño, una componenda, una forma de amancebamiento entre la verdad de Dios y los intereses de algunos, no. No es eso la Iglesia, recuerda el Papa en su escrito, con el que ponía punto final al Año de la Misericordia. “Termina el Jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par”, insiste el Pontífice.

La misericordia no es una anécdota en la vida de la Iglesia. En este momento decisivo como pocos en la historia de la fe en Cristo, la comunidad de los creyentes amanece rejuvenecida, serena, como despertando de un mal sueño. Lo que siempre hemos creído y quizá no estaba de moda decir, las convicciones más hondas de quienes han buscado sinceramente el rostro de Dios emergen con fuerza en un ejercicio saludable de retorno a los orígenes. La misericordia es la bandera, la señal que distingue a quienes tienen experiencia de Dios.

Ya sé que esto es lo obvio, que no cabe otra posibilidad. Pero tampoco olvido que las telarañas se han adueñado de algunos rincones de nuestra fe y de nuestra Iglesia, suplantando la alegría de creer por la falsa seguridad de cumplir. Es por eso que hay que estar atentos. Como escribí un día: “Una Iglesia misericordiosa es más ágil, pero también más frágil”.

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