Gonzalo Rojas era un poeta erotómano que llevaba la musa pegada a la punta de la lengua y hacía el amor con versos de incendiaria lectura a media luz. Cuando recibió el Premio Cervantes desplegó sobre el mantel algunos poemas de su relicario íntimo que dicen lo que el poeta chileno pensaba de sí mismo si fuera la amante del autor que él encarnaba. Rojas era un poeta desentedido de las modas, escribía con libertad absoluta como en el desierto de Atacama de su país que mira al cielo y nombra las nuevas estrellas que descubren sus ojos de cristal, “muertas, errantes, ya sin enigma”. Como Ernesto Cardenal. De poeta en poeta podemos visitar el cosmos en una gira completa de alucinados vates que nos invitan a hacer un corte de mangas al orden público terrenal. “Las galaxias se alejan cada vez más de nosotros/y las unas de las otras/y nos alejamos también nosotros/en nuestro universo en dispersión”. Cardenal, el poeta nicaragüense, confiesa que la música le importa un bledo, porque ser poeta no implica todas las líricas juntas; sin embargo, en su canto cósmico es esencialmente musical. Y ya que hablo de poetas cósmicos, me pregunto dónde está Félix Francisco Casanova en este aún 2016 en que se cumplen cuarenta años de su muerte prematura. En los maitines del cielo tocando rock. El joven poeta palmero seguirá con la melena suelta, el hisopo en una mano y en la otra la sítula esparciendo lo que le gusta y lo que no le gusta a Cardenal, versos y pop. ¿Por qué me acuerdo de tres poetas ahora precisamente, si el año termina sin nostalgia, sin causa ni afecto, sin más romanticismo que alguna bondad sin importancia? Porque están de moda las maldades estructurales y cuanto más malo sea alguien más éxito acumula. Los bandidos, como dice Domingo Hernández Peña. ¿Por qué traer a colación a Rojas, a Casanova y a Cardenal, dos muertos y un vivo que sueña con estar en las estrellas? Fue en el Mencey, bajo las cuatro gotas que caían sobre Santa Cruz. En la charla vespertina, el sabio Hernández Peña me habló del alma de un periódico, del alma colectiva que tienen los medios de comunicación dispuestos a no ceder su espacio a ningún partido político, a ninguna patronal, a ningún lobby, a ningún preboste local, nacional o multinacional. Un medio de comunicación es un sitio muy respetable. Porque , si se lo gana, es el hogar de un pueblo. O sea, hablábamos de un sueño. Yo siempre leo a los poetas para entender al hombre. Y acepto evadirme hasta territorios cósmicos si hace falta para dar sentido a lo que ocurre aquí abajo. El paisano con el que hablaba ayer en el hotel vive a caballo de Sao Paulo y Massachusetts. Es un paisano que vuela. Y que lleva la isla consigo, como aquella sentencia de Samuel Beckett. Me quedé escuchando cuanto me decía, traté de memorizarlo después y lo que flotaba en mi cabeza eran ideas muy sencillas, útiles y luminosas. Como cuando leo a Juan Ramón Jiménez. Ideas de alguien que está de vueltas, que fundó periódicos y enseñó a hacerlos en Canarias, en Madrid, en América. Me dijo cosas extraordinarias: el canario no tienen quién le quiera ni a quién querer. Y añadió: pero tiene algo que no tienen muchos, el canario es bueno, aunque viva -como vive a menudo- en el infierno. Es verdad que la poesía es algo muy consustancial al canario. Que decir Rimbaud a Félix Francisco es algo natural. Y que en las islas afloran las mentes creativas y sensibles con una prodigalidad infrecuente en el mundo. ¿Por qué? “Es algo de la soledad y el mar”, respondió mi interlocutor. Es algo de la incomunicación. Entonces, un periódico, ¿qué es? A su juicio, es lo más importante de todo. Un periódico de papel y un periódico digital, porque hoy son las dos cosas o no son. El ciberespacio nos ha dado la solución al pleito insular, a la prensa regional y al deambular de nosotros mismos de una isla a otra, porque es verdad que no nos conocemos todavía. Llegué al periódico con las reflexiones del paisano y me acordé -en silencio- de un ser diminuto que siempre me impresionó. El paisano que tiene alas. El canario. El pájaro. Aquellas palabras de la fabuladora y poeta Margaret Atwood al periodista de El País: “¿Conoce la expresión del canario en la mina de carbón? Cuando el canario muere, más le vale huir. Son indicadores de la naturaleza. Dan una gran visión de conjunto de las condiciones en el planeta.” Y en el espacio. Son los portadores de nuestras musas. Por eso tenemos el coraje de los poetas de levantarnos cada mañana a vivir. Sin temor a que una sombra te maldiga o aplaste. Es una sombra. No una losa vivir en Canarias.
Es una sombra, no es una losa vivir en Canarias
Gonzalo Rojas era un poeta erotómano que llevaba la musa pegada a la punta de la lengua y hacía el amor con versos de incendiaria lectura a media luz
