La profesora gritaba constantemente a Venancio, un niño que la sacaba de quicio. Ni estudiaba, ni la dejaba dar clases, ni disparaba un clavo el muy cabrón. Un día, a la madre de Venancio se le ocurrió ir a la escuela, a ver cómo iba su hijo. La maestra, sincera y harta, le dijo entonces que era un desastre, que sacaba las peores notas de la historia del colegio y que en su cuarto de siglo de profesión jamás había visto a un niño tan idiota. La madre quedó tan preocupada con la demoledora respuesta de la docente que decidió sacar a Venancio de la escuela y mudarse a Alemania -vivían en La Gomera- para meterlo en un centro especializado en torpes. 25 años después, a la misma profesora, ya vieja, le diagnosticaron una grave enfermedad coronaria. Los médicos consultados coincidieron en que necesitaba una cirugía muy delicada y muy costosa que sólo un médico español radicado en Alemania podría practicarle. La señora vendió su patrimonio y se fue a Alemania, con los ahorros de toda su vida. La intervención fue un éxito y su lesión coronaria desapareció por completo. Cuando despertó de la anestesia, la buena maestra vio junto a ella a un galeno muy elegante, que le tomaba la mano y le sonreía. ¡La había salvado! Quiso entonces pronunciar unas palabras de agradecimiento, pero no pudo hablar, su rostro se volvió azul y murió, ante el estupor del cirujano. Entonces el médico miró alrededor y vio a Venancio, aquel niño torpe del colegio, que trabajaba de freganchín en el hospital. Él fue quien desenchufó el respirador artificial de la maestra para conectar la aspiradora con la que limpiaba la habitación. Y es que el que nace lechón, muere cochino. Lo otro es puro cine americano.
Hoy, un cuento
La profesora gritaba constantemente a Venancio, un niño que la sacaba de quicio. Ni estudiaba, ni la dejaba dar clases, ni disparaba un clavo el muy cabrón
