Ustedes y yo estamos siendo bombardeados con una serie de mensajes en WhatsApp, Facebook, Twitter,… que nos informan sobre las cuestiones más peregrinas, truculentas… y falsas.
La última: un despliegue policial masivo ante el inminente ataque del terrorismo yihadista que, por fortuna, no ha llegado a suceder. “Lo sé de muy buena tinta”, dicen nuestros informantes, “a través de un amigo que trabaja en el Ministerio del Interior”. Eso, u otra cosa por el estilo.
Es que las redes sociales parecen haberse convertido en lo que antaño era la Biblia: una fuente de verdad revelada que no admite discusión. Gente, por lo demás sesuda, se cree cualquier extraña y sospechosa campaña de solidaridad en la red, convocatorias a actos inexistentes o informaciones contradictorias y hasta absurdas. “Pásalo”, acaban diciéndonos.
Esa fuente de autoridad absoluta antaño radicaba en la prensa escrita: “Lo ha dicho el periódico”, se usaba como prueba de veracidad.Luego, en la televisión: “Lo he visto en la tele”, se decía. Hoy día, en las redes sociales: “Me ha llegado por Facebook”.
El común denominador de todo ello es la simple credulidad, la ignorancia y la pereza de pensar por uno mismo y usar la lógica frente a los prejuicios, la emocionalidad y la perversa necesidad de demostrar a los demás que uno está mejor informado que ellos.
Lo peor de todo es que este uso torticero de las redes sociales está produciendo más noticias que antes y, a la vez, creando más desinformación que nunca. Si ha habido un momento en la historia necesitado de verificar las fuentes de información y de contrastarlas por varios canales es éste. Y, paradójicamente, es en el que menos se hace.
