El latín se me ha olvidado, como se le ha olvidado a todo el mundo. Me gusta Horacio (nacido el 65 a.C.), que era un poeta/vividor romano y que acuñó una frase, de la que generalmente sólo se recuerdan las dos primeras palabras: “Carpe diem quam minimum credula postero”: Aprovecha el día y no te fíes del mañana. Ha sido la mejor terapia a mi pesimismo en esas últimas noches de soledad en las que me pongo a darle vueltas a las cosas, dentro de eso que llaman angustia y que dicen que les sobreviene a las personas de mi edad, por el motivo más nimio. Una especie de nocturno incómodo. Vivir el presente -el poco presente que me queda- con intensidad debería ser mi pauta de comportamiento. Como decía mi padre constantemente, sobre todo cuando se veía incapaz de afrontar un problema: “A la mierda todo el mundo”. Tengo que rescatar a mi padre del olvido, porque fue un hombre encantador, un gran relaciones públicas y un dilapidador entrañable del dinero de mi abuelo. Un niño de la guerra que sabía alemán y que había estudiado en Portugal. Un señorito. Me inculcó inconscientemente su poco sentido del gasto y el despilfarro como motivo para vivir por encima de sus posibilidades. Mi padre fue también un hombre leído y un especialista en la literatura del western. Gracias a él yo devoré a Keith Luger (Miguel Oliveros), a Silver Kane (Francisco González Ledesma) y a Marcial Lafuente Estefanía. Esos relatos ligeros, con sus toques de humor, propiciaron entre otras cosas que los fiambres de una sentada de don Marcial superaran el cargador del revólver del bueno, pero en el Oeste no se contaban las balas sino los muertos. Cuando mataron a mi tío Andrés en la guerra, a mi padre le dieron un mes de permiso y no quería volver al frente. Pero volvió y se licenció con una herida en el pecho.


