Francis Pérez ya destacaba con un trabajo exquisito. Eso de plasmar en imágenes la vida submarina, ese descubrimiento constante que significa bucear, ya eran inquietudes que trascendían. Acreditaba Pérez la sublimación naturalista de los fondos del mar en medios especializados, en la red, en su propio sitio web, en libros y allí donde le brindaron la oportunidad de exponer sus conocimientos y sus experiencias. Así saludábamos, en septiembre de 2014, el gran salto de este portuense que ya no es tan desconocido desde que una foto suya sirvió de portada al último libro del prestigioso sello National Geographic, titulado Blue hope (algo así como Esperanza azul). La portada del libro es la foto de Francis Pérez, tomada, según su propio testimonio, cerca de Los Gigantes, en el sur de Tenerife, a dos o tres millas de la costa, en mar abierto. “No fue una foto pensada, sino ocasional, como ocurre con casi toda la fotografía de la naturaleza”, explicó en este mismo periódico. Pérez se inició en la fotografía submarina en 2001. Le apasiona el mar, vive con entrega cada inmersión. Quería retratar los paisajes del mundo submarino con un estilo propio y lo está consiguiendo. Las aguas que bañan Indonesia, Egipto, Malasia, Mozambique, Sudáfrica, Cuba y, por supuesto, Canarias son los escenarios de un trabajo constante y esmerado, tanto que el propio Pérez confiaba en que sus imágenes sirvieran para “transmitir la fragilidad del maravilloso mundo del silencio y desarrollar así la capacidad humana para cuidarlo y protegerlo”. El que quiera saber algo más o apreciarlo de verdad, que comparta su vídeo de la célebre inmersión en El Hierro. Y ahora, como no conforme con la conquista, como para acreditar que aquello y esto van muy en serio, para confirmarla y anticipar que aún tiene mucho que plasmar, para robustecer su indeclinable vocación, va y gana el prestigioso World Press Foto, modalidad Naturaleza, con una obra titulada Caretta caretta atrapada, que refleja la lucha de una tortuga boba por salirse de las redes en las que está atrapada, impulsándose con sus aletas. La gráfica de Pérez, sin trucajes, es una denuncia de lo que ocurre en los mares y sus profundidades; pero también un canto de libertad animal, una apelación a las conciencias, sobre todo si se fijan en la mirada del animal enredado en una malla gigantesca y que parece clamar para evitar su extinción. En medio de tanto jolgorio carnavalero, de tanta energía invertida para los tópicos galopantes, la tortuga de Francis nos invita a reflexionar. Hay tantos desmanes y tantas ansias, también bajo la superficie, que ese canto tiene que sonar estruendoso no solo allí donde lo expusieron y lo premiaron, sino en el ánimo de quienes contemplamos, todavía con sensibilidad, cualquier expresión naturalista que ensalza la estética infinita.
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