“No sé” es una de las declaraciones lingüísticas más importantes que podemos pronunciar las personas porque nos abre a la fascinante posibilidad de aprender algo nuevo. Reconocer mi ignorancia sobre cierto asunto no sólo no es una afrenta, sino que me vuelve humilde y a la vez consciente de que mi conocimiento es limitado y de que puede expandirse hacia zonas aún desconocidas. No obstante, me asombra la cantidad de veces en las que encuentro resistencias en la gente para pronunciar estas palabras, acaso porque hemos “comprado la moto” de que hay que andar por la vida puestos en todo tipo de temas si no queremos quedarnos socialmente excluidos. ¿Es tu caso?
Tengo una sana costumbre que me ha librado de algunas situaciones que pudieran haber sido incómodas: procuro no hablar sobre lo que ignoro. Más bien trato de escuchar a quien sabe más que yo sobre algún tema nuevo para mí a fin de que mi mente se haga un poco más sabia tras dicha conversación. Sin embargo, por lo general nos gusta sentar cátedra cuando hablamos, lo que puede ser peligroso porque corremos el riesgo de estar constantemente chocando con las creencias ajenas.
Me parece saludable recordar esa presuposición de la Programación Neurolingüística que afirma que “el mapa no es el territorio”. O dicho de otra manera: que mi forma de ver el mundo está mediatizada por filtros como mi propia historia personal, mis prejuicios, mis aprendizajes previos o mis experiencias, lo que me convierten en un ser único. Al igual que a ti.
Del mismo modo, hay quien se escuda en un “no sé” para enmascarar un “no puedo” o un “no quiero”. Esta postura puede ser útil para rehuir aquella tarea que no deseamos realizar, paro enmascara las verdaderas razones que nos mueven a desarrollar nuestra conducta. ¿No sabes, no quieres o no puedes?
