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Otra vez el dichoso carnaval

Ya está aquí el sonar cansino de los tambores de las murgas sosas y el disfraz de los horteras vestidos de bomberos y policías, pero calzando tenis; ya está aquí el carnaval, que es una fiesta que odio profundamente

Ya está aquí el sonar cansino de los tambores de las murgas sosas y el disfraz de los horteras vestidos de bomberos y policías, pero calzando tenis; ya está aquí el carnaval, que es una fiesta que odio profundamente. Por el ruido ensordecedor, que me hace huir hacia otra parte, y por la crítica fácil, soez y poco graciosa de quienes no tienen ni pizca de gracia. Además, es una fiesta que da negocio a poca gente, porque hasta los comercios se ven perjudicados: a muchos carnavaleros les da por mear en sus puertas, por lo que sus propietarios tienen que colocar plásticos detrás de ellas, para repeler la marea amarilla. Las feministas protestan por la acción de los rabinos, en los tradicionales rebumbios del rabo, léase callejón del antiguo Corynto y aledaños. Los mariquitas disfrutan de sus días, en los alrededores de Hacienda, como no podía ser menos; cerca del Hospital de Campaña, al que no hace nadie ni puto caso sino que conducen allí a los del coma etílico. Beber por beber y saltar por saltar, ese es el carnaval de aquí y el de Río y el de Düsseldorf. Todos son iguales de malos. La cabalgata es siempre la misma y cada año corta la ciudad en dos, por lo que nadie llega a tiempo de coger un avión a Los Rodeos, a no ser que salga de Santa Cruz antes de las cinco de la tarde. En Gran Canaria, la involución de la especie llega hasta la gala Drag Queen, que es la negación o quizá la sublimación, nadie lo sabe, del sexo convexo. Y mucho ruido, tanto ruido que al final llegó el final, como diría Sabina. Yo me pierdo, no pienso escuchar ni el ruido de una trompeta de cartón, ni ver por la tele la elección de la reina, ni ninguna de esas zarandajas. Lo dejo todo para Bermúdez.

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