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La culpa es mía

Muchas veces me he planteado por qué he enfocado esta profesión hacia el lío, en vez de hacia la conciliación.

Muchas veces me he planteado por qué he enfocado esta profesión hacia el lío, en vez de hacia la conciliación. Quiero decir que habría ganado mucho dinero mediando y no jodiendo, pero elegí lo segundo -tómese en el sentido de fastidiar a los demás-; es decir, un estilo periodístico que busca la confrontación, aunque en este momento no mantenga el mismo entusiasmo que antaño. Ahora me gusta más el débil que el poderoso y, si les digo la verdad, no siento el entusiasmo de antes por la información, las exclusivas, el jugar en el borde y todas esas zarandajas que sólo sirven para que, cuando te mueras, el personal diga: “Ya se murió ese cabrón”. Y no le faltará razón, con los matices de rigor que admite el término. Me hubiera forrado, tras la bendita Transición, montando una “oficina de vainas”, así las llaman en Venezuela, como algunos de mis ilustres compañeros. Pero yo vivía muy bien aquí y me resistí a abandonar el denostado periodismo de provincias donde no te dan los premios, ejerciendo esta profesión de locos, que se reparten los señoritos de Madrid. La culpa es mía, porque nadie me mandó ni a quedarme aquí, ni a ejercer el periodismo que he ejercido, jugando siempre dentro del área propia o en la del contrario, jamás en el centro del campo. A lo mejor hago estas reflexiones porque Desi me trae los últimos tomos de mis artículos, cuatro, muy voluminosos, y al echarles un ojo me entra la nostalgia, pero al revés: lo que pude haber hecho y no hice. No me hagan caso, porque escribo este artículo en la madrugada del martes y ya saben ustedes que todo lo que huela a rebufo del lunes a mí no me gusta. Pero si nazco de nuevo seré oficinista de vainas. Júrenlo.

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