Los Rodeos

Era domingo, y por la tarde. El microbús me traía desde Los Realejos a La Laguna. Seguía a esa hora la ruta por Los Naranjeros. Se oyó. Ruido extraño, nunca antes escuchado. Al llegar a Los Rodeos percibimos movimientos raros y nerviosos

Era domingo, y por la tarde. El microbús me traía desde Los Realejos a La Laguna. Seguía a esa hora la ruta por Los Naranjeros. Se oyó. Ruido extraño, nunca antes escuchado. Al llegar a Los Rodeos percibimos movimientos raros y nerviosos. Tanto que la guagua paró, esperó, se preguntó… Percibimos el humo de la pista al fondo y a la derecha. Nos negábamos a admitir que un infortunio de semejantes proporciones hubiera tenido lugar.

Llegué al lugar en el que me hospedaba. Dos compañeros de medicina buscaban ropa adecuada, calzado adecuado… Se ofrecieron de voluntarios para separar la carne destrozada de los muertos, retirar cuerpos quemados o miembros que habían perdido a su dueño. Aquel terrible suceso siempre tuvo para mí la entidad que los dos amigos nos confiaron: el regocijo por haber sido útiles y el contento por la aventura.

Atendimos, como era previsible, a las noticias. El Mpaiac había propiciado la carnicería humana más pavorosa; Cubillo, el terrorista más implacable. Ni ETA ni cosa que se le pareciera. Una bombita en Las Palmas había propiciado 583 muertos. ¿Cómo era posible que a un aeropuerto como el de Los Rodeos hicieran aterrizar aviones tan grandes y sofisticados como los Boeing 747? Aconteció. El comandante de la KLM, un tal Jacob Veldhuyzen Van Zanten, profesional de larga experiencia, apreciado como instructor por su compañía, tenía prisa, no podía quedarse sin permiso de vuelo para Holanda. Se precipitó. No quedó un solo pasajero vivo en su nave. Eso dedujo la investigación oficial. Eso quedó grabado en mi cerebro por algún tiempo. Hasta esta fecha en la que se cumplen cuarenta años del infortunio y recuerdo. Hacia el año 1985 leí. Se llama en español Colina negra. Extraordinaria. Su autor, el gran Bruce Chatwin, se aprestó a contestar a quienes lo comprimían como autor de libros de viaje. Una novela sedentaria. La frontera entre Gales e Inglaterra, dos granjas y la vida de dos gemelos, Lewis y Benjamin, que nunca se movieron del lugar. ¿Iguales? Lewis encarna la resistencia, todo igual, nada perdido; Benjamin lo que Chatwin defendió: partir.

Desde el aislamiento, Benjamin colecciona la alternativa: las noticias más rutilantes de la historia de la aviación. Una en un marco especial de su álbum: Los Rodeos, escollo lejano de Tenerife, una fatalidad… Entonces me percaté: mi isla vive en los anales de la historia de los hombres por el mayor número de muertos en un accidente aeronáutico.

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