El jueves pasado escribíamos que, a la vista del número de avales presentados, parecía que Susana Díaz podía ser la probable vencedora en las -crispadas- elecciones primarias del PSOE. Y añadíamos que la victoria de cualquiera de los dos candidatos principales produciría una insalvable fractura interna en el partido; y podría ser el principio del fin. Pues bien, publicado ese análisis, los sondeos de última hora y multitud de indicios empezaron a mostrar a las claras que Pedro Sánchez tenía más posibilidades de las que se le suponían. Y así ha sido. Ha ganado por amplia mayoría en todas las comunidades autónomas y provincias, salvo en Andalucía, Badajoz, Cuenca y Teruel, y en el País Vasco, claro. Y ha ganado en contra de todo el aparato partidista, Gestora incluida, y de casi todos los llamados barones territoriales; de los líderes históricos, desde Felipe González, que declaró sentirse engañado por él, Guerra y Bono hasta Rubalcaba y Rodríguez Zapatero; e incluso de medios de comunicación tan influyentes -y socialistas- como los del Grupo Prisa, empezando por su periódico El País.
Pedro Sánchez ha obtenido más votos que avales y Susana Díaz lo contrario, es decir, la mayoría de los militantes que no habían avalado a ningún candidato votaron por el primero, mientras que muchos avalistas de la segunda no votaron por ella, sino por su rival. Fueron seguramente avalistas comprometidos por el aparato, aunque, por fortuna para la democracia, lo que vale no es el aval público, que solo es lo que su nombre indica, un aval para ser candidato, sino el voto personal y secreto. Todo lo cual implica que la militancia del PSOE está muy a la izquierda de sus dirigentes.
Ya el jueves pasado advertíamos que un numeroso sector radical nunca ha aceptado de verdad el abandono del marxismo en el Congreso Extraordinario de 1979. Es una renuncia que no ha sido plenamente asumida por sectores importantes de militantes y votantes socialistas; y muchos jóvenes -y no tan jóvenes- de estos militantes y votantes se sienten afines a Podemos y no lo consideran un peligro para su supervivencia.
Este sector, y el propio Pedro Sánchez, creen que girando tan a la izquierda recuperarán al electorado perdido en beneficio de Podemos y neutralizarán a los populismos. Pero se trata de una falacia. En primer lugar, una parte de su electorado de centro izquierda se irá a Ciudadanos o a la abstención. Y, en segundo, pretender neutralizar a un populismo convirtiéndose en otro populismo es una mala estrategia política. El PSOE de Pedro Sánchez corre peligro de convertirse en un partido asambleario, un partido en el que el líder conecta directamente con las bases y prescinde del aparato desde un relato utópico, indefinido y cambiante según las circunstancias. Pero si Pedro Sánchez se convierte en una copia de Pablo Iglesias y el PSOE en una copia de Podemos, ¿por qué votar a la copia pudiendo votar al original?
