el charco hondo

En las calles

Escribe David Trueba, y lo hace con tanta inteligencia como sensibilidad, que más allá de las raíces de cada cual a quienes compartimos el espacio-ciudad nos une una superficie, un equilibrio que las calles tejen

Escribe David Trueba, y lo hace con tanta inteligencia como sensibilidad, que más allá de las raíces de cada cual a quienes compartimos el espacio-ciudad nos une una superficie, un equilibrio que las calles tejen. Hay ciudades que tenemos dentro porque así lo quiso la literatura, o lo allí vivido, el cine o los afectos; y también un poco de todo. No le falta razón. Las ciudades, especialmente las que aprendieron a beber de diferentes procedencias, resumen un grandísimo logro de la razón. Siglos después hemos aprendido a mezclarnos, a cruzarnos en la escalera o el ascensor, a crecer juntos. Mezclarnos en las ciudades es un avance irrenunciable, un paso necesario e imprescindible que no debemos desandar ni desmantelar por culpa del mucho daño que hacen unos pocos. Dejar de creer en la convivencia de lo diferente -en sus calles- nos devuelve a las cavernas. Del dolor no se sale simplificando, tampoco dejándonos arrastrar o estigmatizando. Eso es lo que pretenden, retroceder, dinamitar las comprensiones, reconstruir los peores tiempos. No podemos perder la calle. Tampoco las de Barcelona, nunca las de una ciudad que un largo listado de buenos escritores nos regalaron tempranamente, antes incluso de aterrizarla, permitiéndonos recorrerla con la inolvidable sensación de pasear por las páginas de los libros leídos, de las vidas contadas, de las pensiones, las luces, los hoteles, las noches interminables, los bares poco recomendables o los amaneceres del mar. Es cierto que la ciudad-franquicia (Barcelona convertida en un parque temático) conlleva una cuota de renuncia, pero el espíritu que parió no muere. Tampoco sus aceras, plazas o ramblas. La calle es el presente-futuro al que no podemos renunciar, una realidad que nos ha costado siglos construir y que no se deja enjaular entre bolardos de desconfianza o rencor, de miedo al otro. La calle es el mejor espacio de convivencia, ese que efectivamente nos une en un equilibro que dibuja el encuentro de las raíces.

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