“Mira que te mira Dios, mira que te está mirando; mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo”. En esta espiritualidad fue educada buena parte de la sociedad española durante ¿siglos? Dejémoslo en decenios, en muchos decenios.
Es una simpleza seguir con la cantinela de que los creyentes lo somos por miedo a que nos quemen en una hoguera sin fin. Pero sería igualmente irresponsable no considerar el peso que el temor a la condenación eterna sigue ejerciendo en las conciencias. Un lastre dañino, basado en una obsesión enfermiza. Y es que hoy en día, aunque sumamos ya muchas décadas de una catequesis que no pone los acentos en el miedo al infierno sino en el amor a Dios, todavía hoy la posibilidad de un castigo sin fin sigue siendo nuclear, lo que estructura la mente y el espíritu de no pocos cristianos. En realidad, de muchísimos.
Es como si, felizmente ahuyentado el error de un Dios siempre al acecho de la más mínima transgresión de sus fieles para castigarlos, algunos se hubiesen quedado huérfanos de incentivos para seguir creyendo. Como si, neutralizada la amenaza del azufre, el amor les supiera a poco.
Mi experiencia personal y mi trato con miles de personas en mis años de sacerdote me hace llegar a la conclusión, imagino que como a muchos compañeros, de que no es nada fácil desembarazarse de la imagen de un Dios amenazante, una percepción de Dios que se concreta en muy diversas formas, algunas de ellas muy civilizadas y hasta eclesialmente elegantes. Por su parte, los psicólogos lo tienen claro: un concepto de culpa mal elaborado es el principio del fracaso vital de una persona.
La amenaza del castigo eterno, ese miedo no cristiano a Dios, es como el chapapote de la fe. Después de desparramarse durante siglos sobre el cuerpo de la Iglesia, cuidadosamente ha sido retirado por manos expertas en amor… aunque no, por ahí sigue su olor, su invisible presencia en forma de amenaza poco concreta, que es la peor de las amenazas.
No es extraño, por eso, que cuando escuchamos algunos de los más emocionantes relatos de la Biblia sobre la capacidad de perdón de Dios, sobre su compasión y su misericordia, aun entonces, en lugar de alegrarnos, nos castigamos con la fusta de los remordimientos. Olvidamos que somos dignos de perdón porque Dios existe para perdonar; porque si no es así, no es Dios. Perdonar es acoger, es recuperar, reconstruir, restañar. Perdonar es devolver a la vida, contarte al oído quién eres realmente, es poner en tus manos la vida entera de nuevo para que la estrenes. Y así es el Padre de nuestro señor Jesucristo.
El miedo a Dios, ese chapapote impertinente, seguirá retrasando el crecimiento personal en la fe y la madurez de la Iglesia. Tenemos que contar con ello. Con responsabilidad, porque es bien cierto que no da lo mismo vivir de una manera que de otra. Pero hay que hacer prevalecer la certeza, teórica y práctica, de que la inmensidad del perdón de Dios llena la tierra, de que “Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”.
La Iglesia del siglo XXI tiene que escribir su página en la Historia con este acento, priorizando la misericordia de Dios por encima de cualquier otra verdad. Lo contrario, opino, es fallar a nuestra responsabilidad histórica concreta.
@karmelojph
