La receta está escrita y se conocen bien sus ingredientes. Pero la conducta y el egoísmo de la política de vuelo corto dificultan que sus efectos prosperen. Se llama transversalidad. Será por nombres. En las mismas fechas en que la Real Academia Española, admite centenares de nuevas palabras, entre ellas la de la rancia posverdad, que nadie, y especialmente los políticos, se peleé porque unos llamen “transversalismo” a lo que toda la vida de Dios se ha llamado “consenso”. Concepto que ahora otros tildan de traición. Pero resulta que es al revés. El consenso, como la transversalidad, conduce a la leal colaboración cesión y consentimiento entre todos, más allá de ideologías y de creencias como el nacionalismo o el independentismo. Bastante diferentes, por cierto. Tras las elecciones catalanas los partidos en liza deberían ocuparse de las cosas que también les han demandado los votantes. Y estas son la Sanidad, la educación, la economía, y así, hasta el examen de los medios públicos de comunicación. Lo anterior constituye los pilares de los partidos, los que justifican su existencia tamizados por su ideología, que en esta ocasión es menguante.
No habrá ni transversalidad ni consenso. Ni entre los dos grandes bloques, ni entre cada uno de ellos. Puede observarse muy bien tras la conducta del PP y su derrota en Cataluña, Su coordinador general Martínez Maillo, en vez de hacer autocrítica, como si hacen en privado los militantes del partido, se despacha a gusto contra Inés Arrimadas. Es un valiente.
El experto constitucionalista Fernando Rey, miembro independiente del Gobierno autonómico de Herrera, acierta de pleno cuando afirma muy serio, tras una previa exploración de soluciones al fenómeno independentista catalán, que: “No es sostenible un sistema democrático con millones de personas que no se sienten bien con él”. Es para pensárselo detenidamente. Deberá decirse también que en las pasadas elecciones, solo 170000 votos separan a los constitucionalistas de los independentistas, y la abstención no superó el 20%. La brecha está servida y aumentada.
Una inexplicable pulsión suicida hace que aumente el número de personas que aborrece la transición sin ver ni reconocer en ella los objetivos logrados. Tras una dictadura de 40 años, se produjo una ruptura de carácter legal sin violencia y practicando, tan bien como se podía, el consenso, la transversalidad entre los partidos. ¿Qué no tenían de transversal aquellos acuerdos? Algunos tácitos, entre Felipe González y Adolfo Suaáez, o este con Santiago Carrillo. Y por supuesto con Tarradellas. Que lo llamen como quieran pero, por favor, hagan algo.
