En el prólogo de su Baudelaire, César González-Ruano escribió: “Crecido en el silencio de medio año, este manuscrito es la venganza de todas mis prisas, de los libros de circunstancias, escritos en diez o doce días, de tanto reportaje y tanta interviú, hechos con la atroz desgana profesional de quien sabe que la interviú es sólo la expresión de la necesidad al servicio de la necedad”. No se puede definir mejor este oficio en tan pocas líneas. Él estaba orgulloso de su trabajo sobre el poeta de poetas, un gran desdichado, como lo define el propio Ruano, un periodista que escribía hasta cuatro artículos diarios para sobrevivir; y sobrevivió muy bien, coleccionando antigüedades, protagonizando aventuras amorosas y sobreviviendo a dos guerras. Cuando leí estas líneas que entrecomillé al principio, estaba viendo la película de mi vida: libros y artículos para sobrevivir, escritos muy deprisa y a veces sin ganas. Pero había que estar ahí. Cuando crees que logras lo que querías, ves que todo lo demás es una mierda. Yo ni siquiera he logrado lo que quería, así que tengo mucha menos historia que Ruano, al que Umbral definió como el mejor cronista español de todos los tiempos. Entre Ruano y Umbral, sencillamente, me quedo con los dos. Los dos me enseñaron, con el maestro Azorín, con Cela y con otros, a escribir medianamente bien y ser aceptado por un público variopinto que todavía me para por la calle. Es lo más gratificante que me queda, la gente que me saluda y me recita, casi de memoria, lo que yo les traigo aquí, que es una crónica pura y dura. Un género que no es nada fácil. ¿El último elogio?: “Es que usted describe muy bien lo que quiere contar”. Pues muchas gracias, de verdad.
NOTICIAS RELACIONADAS
