Se ha hablado mucho de hombres y mujeres que tripulan un yate, un barquito que apenas ha llegado a la pubertad, es decir, que aún no es barco y se lanzan a atravesar mares y océanos casi como yo me atrevo a pasear todos los pasillos de mi casa de una sentada. Otras y otros en ocasiones no se arriesgan con los océanos, pero si intervienen en regatas o competiciones en las que las condiciones atmosféricas son peligrosas aún para salir de casa a la calle. Y pese a lo buen marinero que sea el tripulante, él o ella, muchas veces lo paga con serias lesiones e incluso con la muerte.
Pero no. No se trata de ningún ser humano llevando el timón. No. Estamos hablando de un velero, un simple velero no muy grande. Eso sí, con todos los aditamentos necesarios para navegar por los siete mares (pequeño inciso para comentar que nunca me ha convencido esa frase de “los siete mares”. Según mi profesora de Geografía existen cientos, miles de mares. Si nos queremos referir a los siete océanos, tendríamos que decir, explícitamente, “salir a navegar por los siete océanos”, ¿o no?) y por algún otro no señalizado y nominado en las cartas marinas más modernas.
Nos estamos apartando del núcleo del asunto. Volvamos. Nuestro pequeño y juvenil barquichuelo se soltó, a fuerza de tirones, de las amarras que le sujetaban al muelle de aquel pequeño enclave en el Caribe (¿Observan cómo aquí aparece otro nuevo nombre de un mar?) y se lanzó, viento en popa (¿A ustedes no les recuerda esto a cierta poesía que nos aprendimos casi de memoria en nuestros primeros años de bachillerato?) a bajar por las grandes y pequeñas olas, a mojarse de firme cuando alguna de ellas le alcanzaba de lleno, a reposar al sol cuando el mar estaba en calma, a contemplar la fosforescencia del piélago en las noches templadas del trópico o a admirar la lechosa Luna que derramaba millones de olas blancas sobre la superficie de las aguas.
Navegó entre islas, islotes y cayos. Embarrancó en un arrecife que tenía dos palmeras cocoteras y mucha arena blanca. Allí permaneció bastante tiempo, hasta que comenzaron a soplar los vientos, que lo sacaron de su anclaje no deseado y le enviaron, de nuevo, a recorrer los mares (los que sean).
Cuando se inició la temporada de tifones y huracanes atravesó el Atlántico y por Gibraltar penetró en el Mediterráneo. Le gustaron las calas mallorquinas, las costas italianas tras dejar atrás Nápoles; se extasió con las islas del Egeo, admiró Santorini y su escolta de islas e islotes y alcanzó Alejandría si bien no llegó, desde allí, a ver las Pirámides, que era su deseo.
Pasaban los días y los viejos maderos empezaron a crujir. Y un día, cuando bordeaba la costa del continente africano una turbonada enviada por Poseidón lo llevó a descansar, definitivamente entre algas y medusas, entre tritones y sirenas, entre peces y holoturias, hasta el final de sus días, mientas oía los cantos ancestrales de los habitantes de las profundidades y los murmullos de las olas.
Descanse en paz, Lancelot, príncipe que fue de todos los mares.
Para Agustín Espinosa Marrero
