Anoche me llamaron el director y el vicedirector de este periódico, con cierta premura: “No has mandado el artículo”. Y era verdad, me había olvidado. Esta vez no me atreví a decir eso de “será un fallo del correo”, porque el fallo había sido mío. Pero es que en mi catálogo de voluntades para conformar los artículos diarios no tenía nada que contar. Había llevado la perrita a la veterinaria, había comprado en el amigo chino unas cajas plásticas para trasladar unos libros, había leído el libro de Pío Baroja con sus impresiones -inéditas- de la guerra civil, había ido al Trompo por la tarde, como casi todos los días, pero no me acordé de enviar el artículo porque en mi vida no había ocurrido nada interesante que contar. Y es curioso, porque yo saco punta a cualquier cosa, incluso a las meteduras de pata de Montoro, a las cursilerías catalanas o a las mafias que ahora matan hasta en La Laguna. Pero de nada de eso me apetecía escribir, así que mi cerebro se dedicó a otros menesteres y mi memoria se desvaneció en las cosas más o menos rutinarias del día, sin que me acercara al buzón ni siquiera para ver si Hacienda me había enviado algún requerimiento; esas cartas negras horribles que le hacen temblar a uno de incertidumbre antes de abrirlas. Mi vida, por lo normal, había dejado de cumplir una de las obligaciones que mi voluntad se ha impuesto, el puto folio, que no salió para el periódico sino a las nueve y media de la noche, momento en el que pongo punto final al mismo. Parece mentira que con la edad me haya vuelto más pendejo, por lo que ruego que no esperen de mí muchas más cosas.
NOTICIAS RELACIONADAS
