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Los niños y la literatura

Una experiencia reciente como jurado de un importante premio canario de literatura infantil me ha permitido familiarizarme con lo que podríamos llamar el
estado de la creación literaria infantil en el archipiélago y adelantar algunas consideraciones. Vale recordar que al concurso pueden enviar sus cuentos niños
de las siete islas, en edades comprendidas entre los 6 y 14 años, y que además la convocatoria es masiva. Las narraciones vienen escritas a mano, no pueden
sobrepasar las tres páginas y se hacen acompañar por ilustraciones alusivas a la historia que se cuenta. Así que el esmero es grande. Hay, por supuesto, caligrafías de todo tipo, grandes y pequeñas, ladeadas o enconadas, tantas como diversidad hay entre los escribientes, pero el lector desearía al menos una competencia ortográfica intachable, sobre todo en los más grandes, aunque no sea el caso. Se extraña la ausencia de acentos, la constancia de palabras mal escritas, y más cuando todos los concursantes están escolarizados, y muchos en buenos colegios.

Después viene una facultad más compleja, que es la saber armar o contar historias, y allí sorprende que los más chicos tengan una imaginación más completa, más abierta, que el lector no verá en los mayores. Se diría que a partir de los 12, o antes, un pudor se apropia de la expresión literaria, como si adentrarse en la subjetividad fuese asunto prohibido. Esto hace que la escritura de los mayorcitos se sienta aniñada, cuando podría ser la más reveladora de todas.

Asunto quizás de maestros o mentores, en quienes recae esa necesaria toma de confianza que el aprendiz debería desarrollar para derramar sus demonios, o
ángeles, en la página en blanco.

¿Cómo se enseña a escribir en el aula de clase? O mejor, ¿cómo se aprende a hacer literatura en la enseñanza primaria? Los maestros tienen un papel tutelar,
por supuesto, pero al final todo dependerá de la sensibilidad y del interés. ¿Nos interesan niños escritores, jóvenes que sepan contar historias? En esta empresa es también decisivo el entorno familiar –¿abuelos lectores, bibliotecas familiares?– y no se diga la lectura, por donde todo debe comenzar. Si los padres no ayudan, porque la iconografía y la cibernética todo lo devoran, entonces en la escuela recae un deber mayor: formar ciudadanos letrados, reflexivos, imaginativos. Por la letra pasa, sobre todo, el pensamiento, pero también gracias a la letra podemos plasmar la imaginación.

Con estos niños –¡y miren que los hay talentosos e ingeniosos!– tenemos una deuda, porque bien podríamos estar tratando con los grandes escritores del
futuro y no lo sabemos. No hay terreno más frágil que el de la creación cultural, porque allí, de tan inconscientes, las vocaciones vacilan, al punto de nunca
adivinar si el talento germina o muere. No en balde la UNESCO ha determinado que la prioridad número uno en toda política cultural es fomentar los espacios de creación. ¿Lo estaremos haciendo ahora? Este concurso nos demuestra que talento sin acompañamiento o guía no es perdurable.

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